jueves, 5 de julio de 2012

Mr. Taylor

Por Augusto Monterroso


-Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.
Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.
Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como "el gringo pobre", y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.
En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.
Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.
De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:
-Buy head? Money, money.
A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.
Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.
Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.
Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.
Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió -previa indagación sobre el estado de su importante salud- que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y -no se sabe de qué modo- a vuelta de correo "tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos". Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió "halagadísimo de poder servirlo". Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.
Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.
De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.
Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.
Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.
Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.
Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.
Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.
Pero, ¿que quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.
Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.
Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.
Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.
Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.
Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía "Hace mucho calor", y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.
La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.
De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nóbel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.
Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.
Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.
¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.
Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.
Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.
Fue el principio del fin.
Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.
El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.
Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.
En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.
Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.
Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.
De repente cesaron del todo.
Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: "Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer."

lunes, 25 de junio de 2012

Controversias en la Eduación

No cabe duda que esta época posmoderna y globalizante nos ha hecho hacer cambios radicales en nuestras formas de conducta, nuestra forma de vida y hasta del pensamiento. En este caso me quiero referir al tema de la “Educación”, específicamente por los inconvenientes que han ocurrido en las semanas pasadas, los que, a mi juicio, no han podido resolverse debido a la falta de diálogo y acuerdos concretos entre las partes. Mi experiencia como catedrático me da una visión como para tener un punto de vista particular al respecto de la propuesta de la cartera de Educación que consiste en incrementar los años de estudio para algunas carreras de nivel diversificado. Mi opinión es que antes de llevar a cabo tal medida, primero debería de comenzarse con una capacitación general para maestros a todo nivel. No es que crea que no están capacitados, lo que pasa es que deben de estar actualizados y preparados de lo mejor para enfrentar estos cambios y para su propio desempeño. Luego, revisar el pensum de las carreras, el cual debe de realizarse por académicos y científicos guatemaltecos para que puedan mejorar en materias, contenidos y competencias. En mi campo que es la literatura y la comunicación, he observado las grandes deficiencias y vacíos que existen de ambas, por ejemplo. Por otro lado, considerar lo de los cinco años, pues es bastante controversial, si tomamos en cuenta que hoy día las universidades en lugar de alargar las carreras, las están acortando en tiempo, convirtiendo a los estudiantes en más “prácticos” y listos para enfrentar algún trabajo. Lo cual no significa que yo esté en total acuerdo, pero si revisamos carreras en las casi 15 universidades de Guatemala, veremos cómo el pensum ha sido adecuado y reducido en tiempo. Por eso, en mi humilde opinión, me parece controversial que se esté exigiendo más tiempo de clases a estudiantes de nivel diversificado y menos a universitario. Considero que se debe dialogar, porque al final de cuentas, si mejora la educación en el país, seguramente todos mejoraremos.

sábado, 23 de junio de 2012

El relato policial que viene de los márgenes de Europa

POR JAIME PECHEUR

El comisario Adamsberg sabía planchar las camisas; su madre le había enseñado a aplanar la pieza de los hombros y alisar la tela alrededor de los botones.” Con esta presentación, inimaginable en tiempos de Gideon Fell –el protagonista de 23 novelas policiales escritas por John Dickson Carr entre 1933 y 1967–, comienza Un lugar incierto, la penúltima pieza de la saga de este comisario poco menos que delirante, ideada por una arqueozoóloga francesa llamada Frédérique Audoin-Rouzeau, autora de un monumental trabajo sobre la peste negra y otro sobre las osamentas animales de la Edad Media. Allí, en esa revelación doméstica, pero también en el hecho de que la escritora elija, cuando se trata de esta clase de libros, firmar como Fred Vargas, un nombre masculino e hispano –aunque el Fred sea la abreviatura del verdadero Frédérique y Vargas provenga del personaje de Ava Gardner en La condesa descalza–, se encierran algunas claves de lo que, con algo de pretenciosidad podría denominarse “el nuevo policial negro”.




Hay, en el género, ya desde su comienzo, una cierta impronta vergonzante. Los antiguos detectives eran –como quienes los creaban– amateurs. Para unos y para otros, se trataba de un ejercicio intelectual. Sobre todo en los casos del citado Dickson Carr y de Nicholas Blake (seudónimo del poeta Cecil Day Lewis y uno de los grandes maestros del policial inglés) los investigadores no dependían económicamente de la resolución de sus casos. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, creadores, en 1945, de la colección El Séptimo Círculo fueron los introductores de estos dos autores en castellano, más allá de alguna edición suelta en la década de 1930. El número 1 de la serie fue La bestia debe morir, de Blake, y el 2, Los anteojos negros, de Dickson Carr. En esa obra hace su aparición, para los hispanoparlantes, Fell (la primera novela en la que había aparecido, en realidad, era Hag’s Nook, de 1933), alguien presentado como lexicógrafo y de quien lo único que llegaba a conocerse era la pipa y su fenomenal corpulencia, algo que ponía en escena su necesaria inmovilidad. La investigación –y los policiales, podrían agregar sus eruditos creadores– no era cuestión de movimiento sino de inteligencia. Y la parodia Seis problemas para don Isidro Parodi, de Borges y Bioy (quienes también usaron un seudónimo, H. Bustos Domecq), publicada por Sur en 1942, llevaba esta característica hasta un límite. El investigador, un ex peluquero, estaba preso y resolvía sus casos sin moverse de la celda 273 de la Penitenciaría Nacional.

Detectives imperfectos

El llamado policial negro introduce, en particular, dos variantes: el punto de vista del criminal y la profesionalización del investigador. Y en este segundo caso debe habérselas con un problema que aún suele turbar a los autores, obligándolos a meandros narrativos a veces exagerados: el desprestigio, a lo largo del siglo XX, de las fuerzas policiales. La figura del detective privado es, desde la gran trilogía americana –Sam Spade, Philip Marlowe y Lew Archer– una de las soluciones posibles. A veces son ex policías, en permanente enfrentamiento con la corrupción o la burocracia; en ocasiones, simples profesionales, nunca demasiado bien vistos ni por la institución ni por aquellos a los que persiguen; a menudo deben luchar simultáneamente con malhechores y policías (suelen tener un enemigo jurado dentro de la fuerza y, también, algún aliado). Pero, de todas maneras, de estos detectives tampoco se sabía demasiado más allá de que la vida los había endurecido, de que no creían demasiado en nada y de que, para ellos, había pocos desayunos mejores que un buche de bourbon. Faltaba todavía para la última gran moda del género: los imperfectos. Una nueva camada de investigadores que se casan o se divorcian, que tienen problemas de incomunicación con sus hijos (generalmente hijas), que a veces son alcohólicos o dominan a duras penas sus impulsos más violentos, que saben cocinar (y que pueden llegar a ser verdaderos gourmets) y que deben lidiar con una vida cotidiana que está lejos de agotarse en los casos que resuelven. Uno de los subrubros es el de los policías étnicos, encabezados por el precursor Pepe Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán (versión barcelonesa), el comisario Montalbano –llamado así en su homenaje– de Andrea Camilieri (versión siciliana) y el comisario Kostas Járitos, de Petros Markaris (versión ateniense). Se trata, casi, del tercer mundo europeo. Y en el caso de Járitos, se hace presente una detallada descripción del patio de atrás del Mercado Común, que en su última novela, Con el agua al cuello –donde los asesinados son banqueros de los que llegan a “salvar” a Grecia–, alcanza un grado máximo de explicitación. Los tres aman las comidas populares y en todas sus novelas se entremezcla la picaresca, sin llegar al extremo del genial detective sin nombre de Eduardo Mendoza, al que, cada tanto, el Comisario Flores saca del manicomio en el que está internado (en El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y El tocador de señoras) para que lo ayude.
Y dentro de esta pequeña categoría ocupada por los márgenes del viejo continente (y por afuera de las tradicionales Scotland Yard inglesa y Sureté francesa) hay una casilla más chica todavía, cuya pequeñez, sin embargo, no condice con la magnitud de sus ventas: el policial escandinavo. Con un marco de política estrictamente correcta, sin excesos de ninguna índole y con frecuentes reflexiones acerca de la violencia de género, su estrella es Kurt Wallander, el veterano Inspector de la policía de Ystad –localidad cercana a Malmö, en el sur de Suecia–, creado por Henning Mankell. La fugaz Trilogía Millenium de Stieg Larsson, donde la hacker Lisbeth Salander roba protagonsimo al periodista de investigación económica Mikael Blomkvist, fue otro fenomenal éxito nórdico, a pesar de su desprolijidad de escritura y de que la única trama verdaderamente bien construida es la de Los hombres que no amaban a las mujeres, el primer volumen. El furor por los policiales en las nieves ha llevado a editoriales españolas a apuntarse con cuanto apellido con doble diéresis y acento sobre las consonantes se le cruzara por delante, sin demasiado tino ni fortuna.

En el panorama actual, además de la mencionada Fred Vargas (sus novelas son editadas por Siruela) se destacan algunos de los descubrimientos de la serie Roja y Negra, de Random House, que dirige Rodrigo Fresán; en particular, los iniciales Delitos a largo plazo, una novela excelente del inglés Jake Arnott, y El poder del perro, de Don Winslow: una especie de El padrino en clave de narcotráfico mexicano, bastante plana e ingenua en su dibujo del protagonista, pero apasionante en su meticulosa reconstrucción de un entramado delictivo que tiene como mercancía principal los 3.326 km de frontera que México tiene con los Estados Unidos. Y, sobre todo, las sagas (ése es otro de los datos del policial actual) de tres autores que hacen honor a una vieja tradición literaria británica: ninguno de los tres es inglés. Dos son irlandeses, John Banville, travestido como “Benjamin Black”, y John Connolly, que ambienta sus novelas en los Estados Unidos, y el escocés Craig Rusell, que no recurre a seudónimos pero escribe dos series a falta de una y con características casi opuestas entre sí, la del pulcro Inspector Fabel, de la policía de Hamburgo, y la del casi impresentable Lennox, un detective privado canadiense que quedó –o eligió quedar– varado en Glasgow después de la Segunda Guerra Mundial.

Dublín, Belfast y Glasgow, ciudades duras

Benjamin Black ha escrito cuatro novelas que tienen como protagonista al patólogo Garrett Quirke, un huérfano à la Dickens criado en su primera infancia por los curas y luego en el seno de la alta burguesía, que describe con igual justeza ambos mundos y que actúa en una oscura Dublín de posguerra. El secreto de Christine, El otro nombre de Laura, En busca de April y Muerte en Verano (las dos mejores son la primera y la cuarta), a las que se agrega El lémur –una novela sin Quirke– fueron traducidas y publicadas por Alfaguara.

Las dos series de Craig Rusell, sumamente bien escritas, recorren dos extremos de la novela negra. En un caso se trata de un oficial dentro de una policía científica y ultraespecializada y en el otro de alguien capaz de frases como “hay dos cosas que a Glasgow le salen bien: la lluvia y el humo”. Uno, Fabel, es metódico y ordenado pero los males del mundo no lo dejan indemne –e incluso pueden volver literalmente loca a una de sus colaboradoras inmediatas–; el otro, Lennox, es, en la mejor tradición de Marlowe, un cínico extremo en el medio de la ciudad más sórdida que pueda imaginarse. La Serie Fabel incluye los volúmenes Muerte en Hamburgo, Cuento de muerte, Resurrección, El señor del carnaval y La venganza de la valquiria, editados por Roca pero de muy difícil obtención en la Argentina, y A Fear of Dark Water, aún no publicado en castellano. Las novelas de Lennox son Lennox, El beso de Glasgow (las dos únicas editadas en español, también por Roca), The Deep Dark Sleep y Dead Men and Broken Hearts.

Por último, pero lejos del último lugar en importancia, Connolly ha logrado la exacta mezcla entre el policial y el terror, con asesinos seriales habitados por la maldad más pura y un detective que lleva el nombre de un saxofonista de jazz, Charlie Parker, y al que como a él llaman Bird aunque sólo escucha música country, que podría ser un ángel caído y al que secunda un dúo perfecto: la pareja gay formada por el elegantísimo Louis, un implacable asesino negro, y Angel, un ladrón blanco que se destaca por el mal gusto para vestirse. Parker es ex policía. En el comienzo mismo de la saga su mujer y su hija son asesinadas. Y a lo largo de sus novelas, que ya en el segundo volumen se desplazan de Nueva York a Maine –uno de los homenajes, no el único, a Stephen King–, se intuye que de lo que se trata no es de la clarificación de casos aislados sino de una lucha de proporciones mucho más amplias. Con escapadas hacia la historia de Louis en el Sur profundo y de los propios padres de Parker, la serie incluye nueve novelas traducidas y publicadas por Tusquets (Todo lo que muere, El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco, El ángel negro, Los atormentados, Los hombres de la guadaña, Los amantes y Voces que susurran), dos aún no editadas en castellano (The Burning Soul, de 2011, y The Wrath of Angels, de 2012) y una nouvelle que Tusquets no distribuyó en la Argentina, Más allá del espejo, donde aparece el personaje de El Coleccionista, central en varios de los últimos volúmenes, y que se sitúa cronológicamente entre el cuarto y el quinto de la serie.

martes, 19 de junio de 2012

Alemania a la cabeza funcionaría mejor Europa

Tomado del diariomontanes.es

Philip Kerr reconoce que durante seis días a la semana pasa ocho horas sin hablar. Su estado natural es el silencio por lo que, según confiesa, le cuesta mucho participar en foros literarios. Sin embargo, se explaya para hablar de la historia de Alemania, un país en el que ambienta una buena parte de su obra, pese a que él sea escocés y resida en Londres. También se define como pacifista, pero el nazismo aparece en sus novelas porque, según explica, «es uno de los pocos momentos de la historia en los que es fácil distinguir entre los buenos y malos». De esa lógica casi infantil nace su interés por Alemania, un país que, en su opinión, acaba siempre en el centro de la historia aunque en algunos momentos, como el actual, no lo desee. Esta semana imparte en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) el seminario 'Cómo se escribe un buen texto' y hoy, martes, a las 19.00 horas, inaugura el ciclo de los 'Martes Literarios', que patrocina EL DIARIO MONTAÑÉS.
Para el autor de 'Praga mortal', en la que recupera a su detective Bernie Gunther, el pasado de Alemania que refleja en sus libros no es tan lejano como pueda parecer de hecho todo lo que pasa ahora es una consecuencia de aquel periódico «Y no creo que sea necesariamente malo. Hoy Alemania está liderando Europa y diciéndole hacia tiene que ir», aseguró.
Una circunstancia que encuentra «bastante irónica» porque en 1914 y 1939 ese país quería «conquistar y dominar» Europa y hoy la controla pero, a su modo de ver, no se siente cómoda en esa situación. «Y cómo está preocupada por mostrar patriotismo, ha recogido una bandera azul con muchas estrellas», apostilló.
Sin embargo, el autor que define a los alemanes como «una gente muy agradable» no quiere que sus palabras se tomen como una crítica porque está convencido de que «una Europa dirigida por ellos no sería algo tan malo, por lo menos funcionaría bien».
En su próxima novela, ya muy avanzada, regresa a los años cuarenta del pasado siglo para narrar la masacre de 40.000 oficiales polacos a manos del policía soviética en Smolenks. «Parece que siempre escribo sobre historia pero es que la historia tiene unos efectos muy poderosos», defendió, antes de recordar que precisamente en un aniversario de esa masacre tuvo lugar el accidente aéreo en el que falleció el entonces presidente de Polonia, Lech Kaczynski. «Hubo una gran controversia e incluso se sospechaba que los rusos habían estado involucrados. Una vez más vemos como las heridas de la historia están muy cerca de la superficie'.
Novela negra





Además de vérselas con asesinatos en sus historias, Kerr es también un autor de literatura infantil y juvenil, un tipo de literatura que no considera «en absoluto menor» y que le lleva mucho más tiempo escribir porque para llegar a ese público «hay que ser como una especie de Matisse y buscar la simplicidad». Sin embargo, reconoce que se siente más a gusto en el género negro que está viviendo uno de sus mejores momentos porque los lectores necesitan buenas historias. «Buscan una buena trama, que es el motor que lleva adelante un buen libro, porque están un poco cansados de que se les ofrezca grandes frases y una escritura bonita. Tienen apetito de una buena historia».
Kerr reconoce que muchas veces se confunde al escritor con el autor. «El primero es un misántropo que se encierra en su casa para escribir durante todo el día mientras que el autor es un pobre hombre que tiene que venir habitualmente a este tipo de actos», por eso esta semana que tiene que compartir todas estas reflexiones con sus alumnos le gustaría volver a su estudio londinense para seguir con la novela. «Esta es la primera vez que participo en un encuentro de este tipo y la verdad, no me veo cualificado para enseñar a alguien a escribir un texto en cinco días. Ni siquiera he asistido a clases de escritura creativa, pero como soy abogado de profesión, creo que sabré convencer», dijo para concluir.

lunes, 18 de junio de 2012

Cerdos al Louvre

Tomado de
cultura.elpais.com

Cerdos decorativos en un salón decimonónico, esculturas retorcidas en una impecable mesa de bufete, neumáticos de acero tirados entre el mobiliario aristocrático, figuras en posiciones sexuales… Es lo que pasa cuando uno de los establecimientos artísticos más antiguos del mundo abre sus puertas al creador de Cloaca, una máquina de crear excrementos. Aunque donde algunos ven una sarcástica burla, el artista reivindica una respetuosa fidelidad a la herencia tradicional, alejada de la vacuidad y de la ligereza de un arte contemporáneo que no duda en criticar. O eso nos ha contado el propio Wim Delvoye. Aunque con él nunca se sabe.

Cuando una institución tan venerable como el Museo del Louvre invita a un artista contemporáneo, con fama de controvertido, a presentar sus creaciones junto a sus grandes obras maestras, la polémica está asegurada. Blasfemia estética, para unos, o fructífero diálogo temporal, para otros, las discusiones parecen no tener fin como ya se demostró durante las exposiciones de Jeff Koons (2008) y Takashi Murakami (2010) en el castillo de Versalles. Por las salas del Louvre ya han pasado nombres tan reconocidos como Tony Cragg, Jan Fabre, Anselm Kiefer, Joseph Kosuth o Michal Rovner.

Wim Delvoye sería uno más de esta interminable lista si no fuese por la agitada fama que siempre le precede. Se dió a conocer en 2000 con Cloaca, una compleja máquina que reproducía con fría exactitud todo el proceso digestivo humano (de la absorción a la digestión) para acabar creando unos excrementos reales. Luego vinieron su serie de radiografías y vidrieras obscenas o escatológicas y sus pieles de cerdos. Delvoye los cría en su granja cerca de Pekín donde los tatúa antes de vender sus pieles como si de simples cuadros se tratasen. Un procedimiento que ha despertado la ira de las asociaciones de defensa de los animales. El proyecto Tim (2008) lleva esta idea al paroxismo. El suizo Tim Steiner se dejó tatuar la espalda por Delvoye y este vendió su obra por 150.000 euros a un coleccionsta suizo, que recibirá el trozo de piel a la muerte del portador. Por si fuera poco, Delvoye ha creado también unas esculturas retorcidas de Cristo crucificado, que sitúa ahora sobre la gran mesa de banquetes de las salas de Napoleón III en el Louvre, atrayéndose esta vez la animosidad de las instituciones religiosas.





¿Qué se puede inventar esta vez Delvoye? “Nada”, nos asegura con un tono casi infantil. El espectador puede ver “un Wim que no es exactamente el yerno ideal pero que ha encontrado su lugar entre las cosas bien trabajadas”, explica. Aunque es muy consciente de lo que acarrea su arte. “Estas obras son el resultado de casi cuatro años de trabajo. Sé que puede resultar provocador, pero de manera nueva. Como puede serlo intentar volver a hacer pintura parecida a la del siglo XVII”, explica. ¿Un retorno al academismo? Quizás. Y es que Delvoye ha decidido que era hora de criticar al mundillo del arte tal y como se presenta hoy. Un nuevo hobby o una nueva estrategia para este artista que parece no tenerle miedo a nada. “El siglo XX fue terrible, pero no lo sabíamos. El siglo XXI también, pero de manera completamente diferente. Murakami, por ejemplo. Al principio yo pensaba que lo suyo no era arte, aunque me gustaban un par de esculturas. Sabía que funcionaría porque un nuevo mundo había nacido. Pero nunca hubiera imaginado un mundo tan terrible en el que él pudiera hacer cualquier cosa y que le pagasen tanto”. O el arte de morder la mano que te ha dado de comer.

Sin embargo, no todo es malo según Delvoye. “Damien Hirst ha vendido directamente sus obras, saltándose al galerista. ¿Maurizio Cattelan? Ha sido comisario, propietario de una galería (la Wrong Gallery), editor de dos revistas y crítico de arte. Y se le considera como uno de los mejores de su generación. Hace 25 años, un artista no hubiera podido hacerlo porque se le hubiera tachado de comercial y hubiera perdido toda credibilidad”, explica contento de que el arte contemporáneo haya conseguido emanciparse de lo que el artista belga llama “el arte para los funcionarios”. “Ahora reina el mercado libre. Quizás no sea tan bueno pero es así. El mercado es bastante conservador, algunas veces igual de malo que antes”, admite volviendo a la carga. Ahí va la primera bala para un sistema liberal y caótico que muchos consideran responsables de la burbuja especulativa que conoce el mercado del arte contemporáneo en los últimos tiempos. Pero el fusil de Delvoye tiene munición para todos. ¿Los jóvenes artistas contemporáneos? “Es cierto que mi trabajo se vende por cantidades de seis ceros, pero yo gasto mucho en cada obra. Y veo a jóvenes desconocidos que siempre llegan a esa cifra aunque sea una obra más pequeña. Pero el trabajo que hacen no tiene compromiso alguno”, explica con una nostalgia cuyos aires retrógrados son tan sorprendentes (él forma parte de todo eso) como, seguramente, calculados.

Pese a todo, el trabajo del artista belga encuentra un eco particular en un lugar tan cargado de historia y herencias estéticas como el Louvre. Y es que las obras de Delvoye a menudo se caracterizan por una sorprendente mezcla de referentes clásicos y objetos o códigos actuales. Ya no solo en la reinterpretación digitalizada y perfeccionada de la arquitectura gótica que ha iniciado en los últimos años, con maquetas de hierro cortadas al láser de manera ultra-realista (Chapel # 2, 2007) o la famosa torre que pudo verse en la Bienal de Venecia de 2009 (Torre Venezia, 2009), sino en sus primeras creaciones. Objetos banales, como mesas de planchar, palas o bombonas de butano que el artista decora con unos escudos de armas medievales o con los paisajes típicos de la cerámica de Delft (Butagaz 62 Shell 205722, 1989-1990). Unos inesperados acercamientos estéticos que ofrecen una apasionante reflexión sobre la esencial trivial de algunos objetos y las condiciones sociales o hermenéuticas que pueden transformarlos en obras de arte. En efecto, ¿por qué no decorar también una bombona de gas, una cuchilla de sierra circular o la piel de unos cerdos? Asuntos en los que el artista seguirá profundizando a lo largo de su carrera y que están muy presentes en la propuesta del Louvre con cuchillas decoradas como platos, cerdos tatuados con flores o una imponente escultura de acero en el jardín de las Tullerías.

Y es que Delvoye siempre “interroga el presente a la luz del pasado y se presenta como un regenerador proponiendo fórmulas desestabilizadoras”, como se explicaba en el catálogo de la gran exposición que le dedicó el Bozar de Bruselas en 2010.

Wim Delvoye. Au Louvre. Museo del Louvre. París. Hasta el 17 de septiembre.

jueves, 14 de junio de 2012

Texto de presentación de "Crónicas suburbanas" de Francisco Alejandro Méndez

Advertencia en contra de la lectura de Crónicas suburbanas, de Francisco Alejandro Méndez
Guillermo Barquero


Si usted, lector, lectora, cómplice depósito de la palabra escrita, es de caricias suaves y miradas pudorosas, absténgase de acercarse a estas páginas.
Si usted cree que el cuerpo humano es el sacro recipiente de una vida o de un alma, o si, por extensión, usted, lector, cómplice, lectora, considera que la grandeza humana aniquila la abyección y la tapa como se le pone un dedo encima a una herida que supura. O si usted no es capaz, lector, de soportar el sonido espantoso de un ojo de vidrio que golpea el cinc, en un presidio, o si aborrece las partes del cuerpo que se arrancan y se introducen en un sistema de compra y venta en el que un dedo no vale un cinco y una pata de palo apenas alcanza como parte de sobrevivencia carcelario, o si usted rehúye de la fascinación de los mesías cotidianos que encantan y pulen los filos de resistencia como se doma una serpiente o un escorpión. O, lectora, si usted, lector, cómplice, si usted no concibe el contacto del amor como un preámbulo del golpe y la sangre y los seres como gordos cetáceos que boquean, desangrándose en un lecho matrimonial, o como bestias que se gastan y se consumen y se queman conforme se les deslizan los años en laa gotas de sangre. O, más bien, si usted, cómplice, lectora, lector, si usted, depósito sacro de las ficciones pulidas a punta de noches y de hojas y de plomo cayendo en la oscuridad como huesos, no imagina los límites a los que fuerza el odio y el hartazgo y los niveles de ascenso del polvo blanco empuja, no se hace una idea completa de la desesperación y el espanto y el abuso; o si usted, lectora, cómplice, lector, usted, para quien se crean mundos y se recrean inmundicias y camas de perlas, no ha observado, con resignación, por el hueco iluminado de una pared de adobe la demolición de quienes se entregan y penetran y se espantan, o no es capaz de entender que los actos amorosos solo llevan de realidad los epítetos y la ilusión y la carga de belleza que ha dictado la costumbre. O si, lectora, usted, lector, usted, cómplice, usted, ha contribuido, sea en su imaginación o mediante actos edificantes, a forjar lo que llamamos las “buenas costumbres”, “la buena educación”, la “sana existencia de nuestros niños y nuestros adolescentes”, no abra las páginas de este libro.
Tampoco lo haga si usted, cómplice, si usted está incapacitado para distinguir las notorias conexiones entre una caída y otra, entre un cuerpo de gato que salta al vacío y un órgano que se precipita y un amor que se golpea en la velocidad de la caída libre, sin el amparo de los paracaídas o las almohadas de plumas o los colchones de agua, o si, por el contrario, siempre busca las relaciones alegóricas entre las cosas y condena, así, a las precipitaciones al vacío a la categoría de “caídas morales”, o “descensos al averno de los vicios”, y les quita asqueado su armadura de simples traqueteos y ruputuras de huesos, porque las caídas son las caídas y la debilidad del cuerpo es la debilidad del cuerpo y no la del alma. O si usted, prevenido lector, acuciosa lectora, no cree en la insalvable animalidad del hombre, en las posiciones bestiales que asume (el buitre carroñero, el tigre al acecho, el lagarto rastrero, el mono como forma máxima de la imitación) cuando ruega y maltrata, cuando se prosterna y abusa, cuando se eleva ayudado por la psicotropia o se hunde empujado por la suela picuda de la traición. Si usted, lector, se sienta con sus mascotas a mirar las estrellas, si usted les habla a esos tiernos animales que evocan, en esos segundos de soledad, las formas más básicas de la comunión y el amor; si usted acaricia esos lomos, amada lectora, apreciado lector, alimenta gustoso esos estómagos, si usted salva al animalito desposeído y se encarga del débil, para la vida por venir. Si usted, estimado lector, cómplice, cara lectora, encuentra el centro de su existencia en las piedras angulares de la sociedad (Dios, las relaciones, el amor), o hace de equilibrista apoyado en las patas de esa enorme mesa que se desbarranca segundo a segundo y nos obstinamos en llamar “vida”, o, hermosamente, felicidad, salve sus manos del fuego y el calor de este pequeño ejemplar encuadernado que lo llama y lo seduce y lo atrae.
Si usted, estimado y entrenado lector, avezada y preclara lectora, cómplice, usted, se va a las páginas impresas en busca de consuelo, si en ellas suele pernoctar y da sus brazos y sus piernas y su contenido cerebral por vivir entre las creaciones de la ficción para evadir las horripilancias de este mundo ido al carajo; si usted, lector, es de esos que acarician las manos de las doncellas; lectora, si usted es de las que besan los carnosos labios de los príncipes, se maravilla con una hermosa sonrisa, cuando los seres fantásticos que habitan en los mundos creados por los escritores y su imaginación furiosa le guiñan un ojo y le dan, infalibles, la esperanza de que las cosas estarán mejor mañana y siempre; o si usted, lector, lectora, cómplice, lectora, lector, admira en las páginas escritas las infinitas posibilidades del avance, el arreglo, la rectificación y el embellecimiento y la anestesia y la respiración artificial, huya de este humilde volumen como quien se topa de frente con la peste.
También evada, escóndase, hágase de humo si usted, sensible, amado lector, si usted, esperanzada, amadísima lectora, siente el revoltijo tembloroso de sus entrañas cuando en los diarios aparecen los cuerpos degollados, los traficantes atiborrados de plata y munidos de droga, los rostros golpeados por el vendaval de desgracias, los andamios de la infancia condenados a los ojos rojos y las redadas y los pulmones secos y contaminados. O si usted, lector, lectora, cómplice, en fin, prefiere la caricia más suave y la mirada aún más pudorosa, el labio terso, el ojo intacto, el peludo lomo mórbido, el encantamiento y el subterfugio, la mentira y el afeite, corra cuando estas páginas lo acechen, entiérrese cuando estas líneas extiendan sus dedos de fuego, aléjese de la ceniza de estos muertos, no vaya a ser que repare en que la suya tendrá los mismos hedores en la noche.

lunes, 11 de junio de 2012

Un decálogo sobre la escritura

Por Sergio Ramírez

Uno. Dice Billy Wilder, que hizo cine y no literatura, pero para nuestros fines viene a ser lo mismo, que su primer mandamiento es “No aburrirás”, y lo respaldo tan plenamente que lo pongo a la cabeza de este decálogo.

Dos. Antes de atrapar al asesino, es necesario atrapar al lector. No sé si lo oí, lo leí, o lo inventé, pero de todos modos recomiendo tanto a los escritores maduros como a los aprendices no olvidarlo. Es peor que huya el lector, a que huya el asesino.

Tres. Si una pistola aparece en la primera escena, tiene que ser disparada antes de que termine la pieza, según el más querido de mis maestros en la adolescencia literaria, Antón Chéjov, lo que significa que en la literatura no debe haber nada gratuito, ni inútil. Chéjov se refería en este caso a las escenas de teatro, pero las reglas dramáticas son igualmente infaltables en la narrativa.

Cuatro. El arte de escribir es el arte de suprimir. Creo que este mandamiento nada novedoso, pero estrictamente necesario, viene de Kafka; y Monterroso el Breve agrega que, según Pascal, se escriben textos largos por falta de tiempo para reducirlos. Suprimir o no suprimir, he allí el dilema.

Cinco. En consonancia con el mandamiento anterior, la escritura debe ser ligera, según nos recuerda Italo Calvino, nada de mano pesada. A través de ella debe pasar el aire, como en el cuadro Las meninas de Velázquez.

Seis. Nunca enseñes cómo se construye la trampa en que ha caído el lector incauto; y deja que sea el lector precavido quien un día vea con sus propios ojos los andamios con que se edificó tu escritura, como si se tratara de una aparición.

Siete. No pienses jamás que porque el lector lee rápido no se fija en la transparencia de un párrafo fruto de sucesivas correcciones. Precisamente lee rápido porque no encuentra dificultades ni tropiezos y así puede pasar con deleite a la siguiente página.

Ocho. No reveles de antemano algo que tienes que esconder, pero revélalo a tiempo. Y nunca escondas lo que es innecesario esconder.

Nueve. El lector siempre prefiere la acción a la demora, a menos que se trate de un cuerpo desnudo. No hay que olvidar que las historias existen mientras describen, mientras progresan los episodios que están alimentados por trampas y obstáculos. Esos episodios existen en la acción, mientras no se consumen.

Diez. La realidad no es más que el clavo que nos sirve para colgar la novela, según Alejandro Dumas (padre). Es solo un clavo. Lo demás es imaginación, revuelta, incesante, como un río suspendido de un clavo.

Once. Vuelvo a Monterroso el Breve para seguir su consejo de que los decálogos no tienen por qué ser de diez mandamientos nada más. Eso solo demuestra la insuficiencia de las reglas de la lógica, que son aquellas que la escritura desafía. Por eso agrego un undécimo, para recordar a Stendhal cuando dice que “la belleza nunca es más que una promesa de felicidad”.