lunes, 21 de mayo de 2012

Deya vú

Ya comienzan las primeras manifestaciones de lluvia a mojar las calles, nuestras cabezas y la ropa que colgamos en el patio. Pero, también inicia una película que, lamentablemente, año tras año se repite, no como una saga, sino, prácticamente una copia, clon, gemela de la año anterior. Esta película que menciono, de la cual, seguramente, usted ha sido un protagonista, o la observó como testigo o como simple espectador ya comenzaron sus funciones. Se trata de una cinta en la que ocurren inundaciones de carreteras y de casas; en las que los ríos arrasan con poblados, tumban puentes, matan animales. Aparecen las infaltables tormentas y huracanes, se va la luz, muchos mueren, debacle, desolación. Ya muy al final surge la calma, juramentos y comienzan a salir los créditos, que en este caso son las noticias con los nombres de quienes murieron, lugares golpeados, entre otros. A esta película le podemos denominar Deya vú, que en francés significa Algo ya visto. Pareciera que no aprendemos de las lecciones anuales que nos da la vida. Como seres humanos inventamos constantemente tecnología, conocimiento, pero, por otro lado, no aprendemos. Deberíamos de planificar, en el caso de Guatemala, entre enero y marzo, cómo afrontar el invierno, sin embargo, lo que hacemos es, al final del invierno, lamentarnos de lo que ocurrió y prometer que se hará algo para cambiar la situación. Claro, esa promesa nunca llega. Recuerdo la novela Crónica de una muerte anunciada de Rafael García Márquez, que como su nombre lo indica trata de la inminente muerte de un protagonista. Desde la primera línea ya sabemos que lo van a matar. Pues pareciera que esto ocurre en esta cinta. Ya no tardan en salir los titulares, los lamentos y por otro lado, las promesas, pero al final, otra vez las mismas escenas, muchas veces en los mismos lugares, solamente que con diferentes protagonistas. Deberíamos de aprender de las lecciones pasadas.


viernes, 18 de mayo de 2012

Patricia Highsmith: Notas de una cucaracha respetable

18 de mayo de 2012 por Isaías Garde ·
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Solía vivir en el hotel Duke, que se encuentra en una esquina de la plaza de Washington. Mi familia ha vivido allí durante generaciones, y con ello quiero decir doscientas o trescientas generaciones, por lo menos. Pero ese hotel ha dejado de gustarme. No es lugar para mí. El hotel ha ido muy a menos. Oí a mi tatara-tatara-tatara abuela —y pueden ascender cuanto quieran en el árbol genealógico, a pesar de que yo la conocí y hablé con ella— hablar de los viejos tiempos, los buenos tiempos, en que la gente llegaba al hotel en carruajes tirados por caballos, con maletas que olían a cuero, y que era gente que desayunaba en la cama, y dejaba caer en la alfombra algunas migajas para nosotras. No lo hacían adrede, desde luego, ya que nosotras sabíamos guardar distancias y mantenernos en nuestro sitio. Nuestro sitio era los rincones de los cuartos de baño y la cocina. Ahora, podemos pasearnos por las alfombras con relativa impunidad, debido a que los clientes del hotel Duke van tan drogados que ni siquiera nos ven, o bien carecen, por culpa de la droga, de las energías precisas para aplastarnos con el pie, o bien se limitan a reírse cuando nos ven.

Ahora, el hotel Duke tiene una maltratada marquesina verde, que se extiende por encima de la acera, con tantos agujeros que no protege a nadie de la lluvia. Después de subir cuatro peldaños de cemento, se entra en un sórdido vestíbulo que apesta a humo de marihuana, a whisky rancio, y que está insuficientemente iluminado. A fin de cuentas, la actual clientela no siempre desea ver a sus compañeros de hotel. En ocasiones, los clientes tropiezan entre sí en el vestíbulo en penumbra, y del choque puede nacer una amistad superficial, pero es más frecuente que el tropezón provoque un desagradable intercambio de palabras. A la izquierda del vestíbulo se encuentra una covacha todavía más oscura que se llama el Salón de Baile del Doctor Demasiado. Cobran dos dólares por la entrada, que se pagan en el vestíbulo, antes de entrar en el baile. Allí, hay música de máquina tocadiscos. Los clientes son chusma. Da asco.

El hotel tiene seis plantas, y yo, por lo general, tomo el ascensor, que antes los clientes, en buen americano, llamaban «elevator», pero que ahora llaman el «lift», para imitar a los ingleses. ¿A santo de qué he de subir por las mugrientas chimeneas interiores, o arrastrarme por la escalera, tramo tras tramo, cuando puedo saltar el estrechísimo abismo, de menos de un centímetro, que media entre el suelo y el ascensor y deslizarme sin correr riesgos hasta el rincón en que se encuentra el ascensorista? Sé distinguir los pisos del hotel por su olor. El quinto piso huele a desinfectante desde hace más de un año, debido a que allí se organizó una ensalada de tiros, y delante del ascensor quedaron abundantes rostros de sangre y tripas. El segundo piso se enorgullece de contar con una vieja alfombra, por lo que su olor es a polvo, con un leve toque de orina. El tercero huele a sauerkraut (alguien seguramente dejó caer de sus manos una bandeja de este manjar, y el suelo es de porosa cerámica). Y así sucesivamente. Ahora bien, si quiero bajarme en el tercer piso, por ejemplo, y el ascensor no se detiene en él, me quedo dentro, en espera del próximo viaje, y tarde o temprano me bajo en el tercero.

Me encontraba en el hotel Duke cuando llegaron los formularios del censo de los Estados Unidos, correspondiente a 1970. ¡Qué risa! Cada cual cogió un formulario, y todos se echaron a reír. Para empezar digamos que allí casi nadie tiene un hogar, y resulta que los formularios preguntaban: «¿Cuántas habitaciones tiene su hogar?» Y luego: «¿Cuántos hijos tiene usted?» Y así sucesivamente. Y: «¿Qué edad tiene su esposa?» La gente cree que las cucarachas no entendemos el inglés o cualquier otro idioma que se hable en nuestras proximidades. La gente cree que las cucarachas sólo comprenden el mensaje de una luz súbitamente encendida, que significa «¡huye!» Cuando se ha circulado por ahí durante el tiempo que nosotras lo hemos hecho, que se remonta a fechas anteriores a la de la llegada del Mayflower a estos pagos, se entiende muy bien el habla en uso sea la que fuere. Por eso, tuve ocasión de regocijarme con muchos comentarios referentes al censo de los Estados Unidos, cuyos formularios ninguno de los brutos alojados en el hotel Duke se tomaron la molestia de rellenar. Me divirtió pensar en lo que tendría que poner yo, en el caso de verme obligado a llenarlo. Sí, ¿por qué no? A fin de cuentas yo era un residente en el hotel, con aposento hereditario, con más derecho que cualquiera de las bestias humanas alojadas allí. Soy (y conste que no soy Franz Kafka disfrazado) una cucaracha, ignoro la edad que tienen mis esposas, de la misma forma que ignoro el número de esposas que tengo. La semana pasada tenía siete esposas, dicho sea empleando este último término en un sentido amplio, ahora bien, ¿cuántas de ellas han muerto aplastadas por un pisotón? En cuanto a hijos, diré que ni siquiera puedo contarlos, lo cual también dicen en tono de alarde muchos de mis compañeros de dos patas, pero si vamos a hacer cuentas, si es que los del censo quieren que las hagamos (para divertirse más, me parece), no me queda más remedio que fiarme de mi flaca memoria, en este aspecto. Recuerdo que la semana pasada, dos de mis esposas estaban ya a punto de dar a luz un par de huevos, las dos se alojan en el tercer piso (el que huele a sauerkraut). Pero, ¡santo Dios!, la verdad es que también yo me encontraba en situación apurada y con prisas, en busca (y me ruboriza tener que confesarlo) de un alimento que había olfateado y que estimaba se encontraba a cosa de un metro. Me parece que eran patatas fritas aromatizadas con queso. No me gustó nada tener que decir «Hola y adiós» tan de prisa a mis esposas, pero mi necesidad quizá era tan grande como la de ellas, ¿y dónde estarían ellas, o, mejor dicho, nuestra raza, si no pudiera yo hacer lo preciso para conservar mi vigor? Instantes después, vi a mi tercera esposa en el acto de ser aplastada por una bota de vaquero (los hippies llevan prendas del lejano Oeste, incluso en el caso de que hayan nacido en Brooklyn), aun cuando ésta, por lo menos, no estaba poniendo un huevo, por el momento, sino que, al igual que yo, corría, aunque en dirección opuesta a la mía. Pensé: «Hola y adiós», aunque tengo la seguridad de que ni siquiera me vio. Cabe la posibilidad de que jamás vuelva a ver a mis dos parturientas esposas, aunque quizá viera a algunos de mis hijos, antes de abandonar el hotel Duke.

Cuando recuerdo a algunas de las personas que se alojaban en el hotel Duke, me enorgullezco de ser una cucaracha. Por lo menos gozo de mejor salud y, a pequeña escala, elimino basura. Lo cual me lleva al punto que me proponía abordar. En el hotel Duke solía haber basura en forma de migas de pan o de porciones de canapés cuando se daba una fiesta con champaña. Pero, ahora, la clientela del hotel Duke no come, o se droga o se emborracha. Conozco los buenos tiempos del hotel Duke sólo a través de los relatos de mis tatara-tatara-tatara abuelos y abuelas. Pero doy crédito a estos relatos. Decían, por ejemplo, que se podía saltar al interior de un zapato, situado ante la puerta de un dormitorio, y ser transportado a bordo de él, en bandeja sostenida por un criado, a las ocho de la mañana, lo cual le permitía a uno desayunarse con migajas de croissant. Ahora, en el Duke ni siquiera se limpian los zapatos, ya que si hay alguien capaz de dejar los zapatos junto a la puerta de su dormitorio, no sólo no se los limpiarán, sino que lo más probable es que se los roben. En la actualidad sólo se puede esperar esto de esos peludos monstruos ataviados con prendas de cuero con flecos y de sus novias de ropas transparentes, que se bañan muy de vez en cuando, y que únicamente dejan unas gotitas de agua en la bañera, que me permiten beber un poco. Beber agua del inodoro es peligroso, y a mi edad prefiero no hacerlo.

Sin embargo, quiero hablar de mi recién hallada dicha. La semana pasada, mi paciencia llegó a agotarse. Ante mi propia vista otra de mis jóvenes esposas fue aplastada por un violento pisotón (recuerdo que esta esposa se encontraba alejada de las zonas de normal tránsito). Además, tuve que presenciar cómo un grupo de drogados cretinos, que atestaban una habitación, se dedicaba a recoger literalmente a lametazos la comida que habían esparcido en el suelo, a modo de diversión. Hombres y mujeres jóvenes, desnudos, fingían, llevados por algún motivo propio de orates, carecer de manos, e intentaban comer bocadillos como si fueran perros, con lo que la comida iba a parar al suelo, y entonces, se revolcaban por el suelo, retorciéndose, todos juntos, entre salchichas, cebolletas y mayonesa. En esta ocasión, había comida en abundancia, pero era peligroso andar por entre aquellos cuerpos que rodaban por el suelo. Estos cuerpos me parecieron más peligrosos que pies. Ahora bien, ver bocadillos fue algo excepcional. En el hotel Duke ya no hay restaurante, pero la mitad de sus habitaciones se denominan «apartamentos», lo que significa que en ellas hay refrigeradores y hornillos. Ahora bien, en lo tocante a comida el principal producto que los alojados en el Duke tienen es zumo de tomate en lata, para preparar Bloody Marys. Ni siquiera fríen un huevo. Entre otras cosas, ello se debe a que el hotel no proporciona sartenes, ni cazos, ni abrelatas, ni siquiera tenedores o cucharas, por cuanto, si lo hiciera, estos enseres serían robados. Y ninguno de los encantadores clientes está dispuesto a salir del hotel y comprar un cazo para calentar sopa. Por eso mis oportunidades eran escasas, como suele decirse. Y eso no es lo peor del «departamento de servicios», en el Duke. Casi ninguna ventana cierra debidamente, las camas parecen monstruosos camastros, las sillas están desvencijadas, y esos muebles a los que se les da indebidamente el nombre de sillones, de los que quizá hay uno en cada habitación, pueden causar lesiones por el medio de disparar un muelle contra alguna tierna parte del cuerpo. Las piletas están casi siempre atascadas, y los inodoros o bien tienen cisternas de las que no mana el agua o bien ésta sale enloquecedoramente de ellas. ¡Y los robos! He sido testigo de muchos. La doncella da la llave maestra a alguien, y ese alguien se mete en una habitación, abre las maletas y se mete su contenido bajo el brazo, o lo introduce en la funda de una almohada, fingiendo que se trata de ropa sucia.

De todas maneras, el caso es que, hace una semana, me encontraba yo en un dormitorio temporalmente vacante, en el Duke, en busca de alguna migaja, o de unas gotas de agua, cuando entró un botones negro transportando una maleta que olía a cuero. Detrás del botones iba un caballero que olía a fricción para después del afeitado, además de olor a tabaco, lo cual es perfectamente normal. El caballero deshizo la maleta, dejó unos papeles en la mesa escritorio, abrió el grifo de agua caliente y musitó algo para sus adentros, intentó detener el constante fluir de agua del inodoro, probó la ducha, que esparció agua por todo el cuarto de baño. El caballero llamó por teléfono a conserjería. Comprendí casi todo lo que dijo. Esencialmente dijo que por el precio que pagaba, esto, aquello y lo de más allá podía ser un poco mejor, y que quizá la solución consistía en que le dieran otro dormitorio.

Agazapada en mi rincón, hambrienta y sedienta, escuché con interés, aunque sabedora de que aquel caballero me aplastaría de un pisotón, en el caso de que yo hiciera acto de presencia sobre la alfombra. Sabía muy bien que si el caballero me veía, yo figuraría en su lista de quejas. Era un día ventoso y la vieja ventana de dos hojas se abrió bruscamente, con lo que los papeles del caballero volaron en todas direcciones. Tuvo que cerrar la ventana por el medio de apoyar una silla contra las hojas. Luego, lanzando maldiciones, el caballero recogió sus papeles.

—¡Washington Square! ¡Henry James se levantaría de la tumba si viera esto!

Recuerdo textualmente estas palabras, que el caballero pronunció en voz alta, mientras se atizaba una palmada en la frente como si aplastara un mosquito.

Llegó un botones, con el viejo y sucio uniforme castaño del establecimiento, totalmente drogado, y anduvo manoseando la ventana, en un vano intento de arreglarla. Por la ventana penetraban rachas de aire helado, sus hojas se estremecían armando un ruido infernal, y todo lo que había en el cuarto, incluso un paquete de cigarrillos, tenía que ser fijado mediante un peso puesto encima, para evitar que saliera volando de encima de la mesa o de lo que fuera. El botones, al inspeccionar la ducha, sólo consiguió quedar empapado, y entonces dijo que avisaría al «especialista... En el hotel Duke, el «especialista» no es más que una broma, broma que no voy a analizar detenidamente. Aquel día, el «especialista» no tuvo ocasión de ejercer sus funciones, debido a que el botones fue la gota de agua que hizo rebosar el vaso, y el caballero cogió el teléfono y dijo:

—¿Pueden ustedes mandarme a alguien que no esté drogado o borracho para que baje mi equipaje al vestíbulo... Oh, sí, claro, quédense con el dinero. Yo me voy. Y avisen un taxi, por favor.

Éste fue el momento en que tomé una decisión. Mientras el caballero hacía la maleta, me despedí mentalmente con un beso de todas mis esposas, hermanos, hermanas, primos, hijos, nietos y biznietos, y, luego, me metí a bordo de la hermosa maleta que olía a cuero. Me deslicé en un compartimento en la parte interior de la tapa de la maleta, y me situé en un cómodo lugar entre los pliegues de una bolsa de plástico que olía a jabón de afeitar y a loción para después del afeitado, en donde me constaba no sería aplastada cuando el caballero cerrara la maleta.

Media hora después, me encontraba en una habitación calentita, con una gruesa alfombra que no olía a polvo. El caballero desayuna en la cama a las siete y media de la mañana. En el pasillo, tengo a mi disposición comida sumamente variada, que encuentro en las bandejas puestas ante las puertas de los dormitorios, entre la que se cuenta restos de huevos revueltos, y, desde luego, abundante mermelada, mantequilla y panecillos. Ayer escapé por pelos, cuando un camarero con chaqueta blanca anduvo persiguiéndome durante unos treinta metros, por lo menos, atizando pisotones, con ambos pies, a derecha e izquierda, aunque fallando siempre el golpe. Todavía soy ágil, y en el hotel Duke aprendí mucho.

Ya he inspeccionado la cocina, a la que voy y de la que regreso en ascensor, naturalmente. En la cocina hay comida en abundancia, pero, para mi desdicha, la fumigan una vez a la semana. He conocido a cuatro posibles esposas, aunque todas ellas con mala salud, por culpa de los humos de la fumigación, a pesar de lo cual siguen decididas a permanecer en la cocina. Lo mío son los pisos superiores. Allí no hay competencia, y abundan las bandejas de desayuno y, a veces los bocadillos de medianoche. Quizá en la actualidad me haya convertido en un solterón, pero aún tengo el vigor suficiente si es que aparece una posible esposa. Entretanto, me considero mucho mejor que aquellos bípedos del hotel Duke, a quienes he visto comer cosas que yo ni siquiera tocaría, y que no quiero siquiera mencionar. Lo hacen por apuesta. ¡Apuestas! Si la vida entera es un juego de azar, ¿para qué apostar?



En Crímenes bestiales
Traducción: A.B.V.

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lunes, 7 de mayo de 2012

¿Negra o policial?

Tomado de: El proyecto Black Mask


Muchos lectores cultivan una interesante confusión entre literatura negra y literatura policial. La confusión quizás provenga del nombre de la revista que divulgó con más éxito esos contenidos y de que, al menos en sus dos primeros años, convivieron en sus páginas relatos policiales con relatos en los que se mezclaban erotismo, perversión, maldad y violencia. Como todas esas historias se encontraban en Black Mask (y las que no se encontraban, remedaban el estilo de esa revista), pues a todas se les llamó «negras».

Esta explicación es tan simple como convincente. Sin embargo, sería útil sospechar que las razones para que exista semejante confusión tengan raíces más profundas.

Tanto los relatos policiales como las historias de amor, aventuras y misterio que se publicaban en los primeros años de Black Mask, compartían algo que las hacía únicas: todas trataban sobre asuntos que estaban fuera de los bordes permitidos por la sociedad de los años veinte; todas contenían detalles que podían tildarse de pornográficos, grotescos, desmesurados y violentos. No obstante, aunque muchos de esos adjetivos estuvieran bien aplicados, esos relatos tenían un trasfondo social muy fuerte, un trasfondo de denuncia, de divulgación de aquello que no se difundía por otros canales más expuestos a la opinión pública. ¿Dónde se hablaba sobre ciertos temas prohibidos por «la moral y las buenas costumbres», digamos sobre sexo o sobre drogas o sobre el mundo de los extorsionadores y de los traficantes? Pues en la literatura… Y no precisamente en la literatura que se consideraba seria.

Ésa es la médula del asunto: la literatura negra trata sobre los que dejan que la vida se les salga de los rieles, sobre los que no saben (o no pueden) manejar su relación con el entorno que los rodea, sobre los que no encajan en el mundo en el que viven, sobre los que quieren o necesitan más de lo que pueden obtener, sobre los arrinconados por las circunstancias y apelan a las acciones más locas y desesperadas, sobre los que no saben mantener el equilibrio entre sus apetitos y los de los demás, sobre los perversos que no dudan en convertirse en parásitos del prójimo, sobre los que dañan, matan, roban, violan y descuadernan a los demás.

En ese sentido, la literatura policial, con sus detectives mal encarados y sus investigaciones para develar a los responsables de los crímenes más variados, podría considerarse como una de las tantas y posibles ramificaciones de la literatura negra, de esa literatura que habla sobre la cara menos amable de los seres humanos que viven, muchas veces hacinados, en las grandes ciudades, tratando de sobrevivir al caos económico y a un mundo en el que prosperan todas las formas posibles de corrupción.

Sea cual sea la razón que hace que algunos lectores no discriminen entre literatura negra y literatura policial, lo cierto es que la formación de ambos géneros va unida a la creación de un buen número de publicaciones entre las que destaca Black Mask.

Como fenómeno de la cultura popular, como punto de encuentro de grandes escritores, esta publicación marcó un hito no sólo entre las revistas de su clase, sino en la literatura norteamericana en general. Para muestra, obsérvese que las pautas de estilo que aún se replican en cada cuento, en cada novela y en cada película del género negro, son las mismas que alguna vez esbozaron los editores de Black Mask.

Una revista exitosa en la que se cuece un nuevo tipo de literatura escrita en un lenguaje parco y directo que cuenta historias que atrajeron y siguen atrayendo al gran público, no puede ser un fenómeno frívolo del que se hable a la ligera. Por eso le dedicamos estas líneas y seguimos leyendo, admirados, a los grandes maestros del género.

Los orígenes

Los escritores Henry Louis Mencken y George Jean Nathan deseaban financiar una revista de crítica literaria llamada Smart Set. Para lograr ese objetivo, Mencken y Nathan produjeron Saucy Stories, una publicación barata llena de imágenes y textos eróticos de la que extrajeron buenos ingresos para continuar con cierta holgura su proyecto literario. No obstante el moderado éxito, los editores pensaron que obtendrían mayores beneficios si diversificaban los contenidos de la publicación que les generaba mayores ganancias. Fue así como Mencken y Nathan fundaron, en 1920, Black Mask.

En cada número se publicaban cinco historias: una de gángsters, una de aventuras, una de misterio y dos de amor. Al igual que otras revistas semejantes (Parissiene, Weird Tales, la propia Saucy Stories, entre muchas otras), Black Mask se imprimía en un papel de muy baja calidad, lo que hizo que a este tipo de publicaciones se le llamara «pulp magazines» y al tipo de historias que llevaban sus páginas se le llamara tal cual: «pulp fiction» o, si se nos permite la intromisión (sobre todo después de Quentin Tarantino), «ficción cruda», ficción impresa en un papel basto y barato.

La característica principal de los relatos que se publicaban en esta primera época de Black Mask era la presencia de personajes desaforados cuyas peripecias violentas, eróticas y, en algunos casos, grotescas, mostraban una cara distinta de la moralidad severa que se exponía en la literatura y en el arte de su tiempo.

Nuevos dueños, nuevo editor

Menken y Nathan financiaron ocho números de Black Mask y la vendieron. En 1926, sus nuevos dueños, Eltinge Warner y Eugene Crow, nombraron a Joseph Shaw como editor y pronto se dieron cuenta de que habían tomado la decisión acertada porque lo primero que hizo Shaw fue analizar el producto y proponer unos cuantos cambios que, a la postre, serían cruciales no sólo para la revista como negocio, sino como espacio editorial que aglutinaba el trabajo de un extraordinario grupo de escritores.

La primera decisión que tomó Shaw fue sugerir la eliminación de las historias que no tuvieran que ver con el tema policial. La razón era muy sencilla. Entre el material que se publicaba, el mejor trabajado, el mejor escrito y el que despertaba mayor interés entre los lectores, era el dedicado a los gángsters y a los detectives. Claro, ¿cómo no iba a ser de ese modo, si los autores de esos relatos eran Samuel Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Erle Stanley Gardner y Carroll John Daly?

Shaw tuvo el tino de ver gran literatura donde otros veían sólo la ficción cruda típica de las revistas impresas en el papel más barato de su época. Por eso decidió concentrar todas las energías de la empresa en promover el tipo de escritura que sus autores más talentosos cultivaban.

Quizás el principal aporte de Joseph Shaw a este tipo de literatura fuera la redefinición de la figura del detective. Hasta 1923, la figura del detective de Black Mask estuvo inspirada en la elegante asepsia de los detectives de la literatura inglesa, en la eficiencia discreta de los miembros de la Agencia Pinkerton y en la rigidez de los efectivos de Scotland Yard. En 1923 Carroll John Daly publica «Three Gun Terry», un largo relato donde aparece Terry Mack, el primer detective rudo y malhablado que aparece en esa revista y que sería modelo para otros que aparecerían con posterioridad y que, llevados al extremo, crearían el subgénero del hard boiled, un tipo de relatos de una violencia extrema.

Joseph Shaw se dio cuenta del encanto que tenía esa clase de personajes y de la necesidad de héroes que tenía la sociedad norteamericana. Recordemos que los años veinte fueron difíciles para los Estados Unidos, que era una época de posguerra, que había una crisis financiera en ciernes, que la corrupción campeaba, que gángsters como Al Capone, Lucky Luciano y Frank Costello, crearon organizaciones criminales que burlaban las leyes antinarcóticos, que contrabandeaban alcohol, se dedicaban al tráfico de armas, a la prostitución, al juego ilegal y a cuanto produjera dinero fácil y rápido.

Shaw detectó que una buena parte del público veía con desconfianza a las instituciones públicas encargadas de impartir justicia. Por eso estimuló la creación del personaje que ejercía el oficio de detective privado, que no era policía ni juez ni fiscal y que podía moverse con libertad entre lo legal y lo ilegal para enfrentar a los mafiosos en su ley, en ese mundo paralelo del crimen lleno de matones embutidos en trajes hechos a la medida y de maletines repletos de billetes.

Moral y balas

En el estímulo que Shaw le brindó a la creación de personajes emblemáticos de este tipo de literatura (valga decir el Philip Marlowe de Raymond Chandler o el Sam Spade, de Samuel Dashiell Hammett), se percibe el deseo de hacer de la revista y de esos relatos una declaratoria moral en contra del proceso de corrosión de la sociedad que produjo la acción cada vez más abierta y desvergonzada de las distintas organizaciones criminales que prosperaron en esa época. A eso habría que añadir los editoriales que aparecían en cada número y que el propio Joseph Shaw firmaba. En ellos se hablaba de la importancia de luchar contra el crimen, de la conciencia que cada ciudadano debía tener de sus deberes y derechos y de cómo las historias contenidas en ese número podían servir para enseñarle al público cómo era (y sigue siendo) el submundo criminal.

A muchos les resulta extraño que una revista como Black Mask tuviera una preocupación moral tan acentuada. Quizás no les cuadre esa inquietud con el tipo de historias que publicaba, llenas de ladrones, asesinos, alcohólicos, traficantes y demás modelos de mal comportamiento cívico. Al final, el problema no es la presentación descarnada del crimen ni el mal ejemplo que muchos moralistas falsos le enrostran a este tipo de literatura; es algo mucho más complejo que tiene que ver con las preguntas que se hace un grupo de editores, escritores y artistas en torno a la creación de héroes y modelos literarios que, en el fondo, tratan de poner en palabras las preguntas que se hace toda una sociedad sobre cómo combatir el mal que la corroe.

Al igual que en los años veinte, hoy vivimos tiempos difíciles. No hace falta dar ejemplos ni detalles porque todos tenemos nuestra propia experiencia de lo que la expresión «tiempos difíciles» significa. Por eso vale la pena reflexionar sobre un tipo de literatura que no sólo refleja la clase de depravaciones que germina en las épocas duras que les toca vivir a todas las sociedades, sino que plantea soluciones en las que la moral se impone así sea a golpes.

Luchar contra el mal en la vida diaria no es ni será fotogénico, pero en la ficción todo es posible. De eso trató el proyecto Black Mask hasta que, en 1951, cerró sus puertas.

lunes, 16 de abril de 2012

Mujeres

Como lo he escrito en anteriores ocasiones, las efemérides ofrecen posibilidades para el lucro, pero, también ayudan a recordar por un día, acontecimientos que en realidad deberíamos tener presente las 24 horas, todas las semanas.
El pasado 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer. Lo primero que me viene a la mente es el recuerdo de la mujer como madre, como profesional, como obrera, como hermana, como académica, como deportista, como hija, como artista, como ama de casa, como empleada, como pareja, soñadora, romántica, apasionada, devota. Mi sentimiento no es paternalista, ni tengo una tendencia rapaz hacia ellas. Todo lo contrario: profunda admiración, respeto, pasión, amor, entrega y camaradería.
Sin embargo, existen mujeres que son borradas de la faz de la tierra de la noche a la mañana. No por extraterrestres que las abducen hacia el más allá, sino, a veces, por sus mismos compañeros, esposos, amantes, hijos o nietos, sicarios al fin, que las matan sin piedad, por el único y “condenable” (según los propios asesinos) delito de ser mujer.
Históricamente la falsa y cacareada superioridad de muchos ha provocado la invisibilidad de la mujer en temas que van desde la política, el arte, la filosofía, la ciencia, entre otras.
En nuestro país, la desaparición física, la violación, tortura física y psicológica encabeza los noticiarios cotidianamente, rellenando datos estadísticos, subiéndonos al podio de la vergüenza en el mundo, provocando que muchos nos avergoncemos de la barbarie que las ataca sin piedad y que pareciera, lamentablemente que continuará sin misericordia.
Por ello es que si pensamos un poco más allá de sus hermosos ojos, sonrisa y cuerpo, en ellas como dadoras de vida, como cómplices de la vida o como fundadoras de un devenir más humano, les demos el lugar que históricamente se merecen. Respetemos su vida, como la de un niño, como la de un hombre. Muchos creen que con atacarlas van a ser superiores, pero contrariamente, su enanez física y mental los convierte en seres despreciables,

lunes, 9 de abril de 2012

Los amos de la noche

Como siempre, en nuestro país la cultura tiene un lugar privilegiado y cuando hacemos cuentas, nos pasa de manera diferente en otros campos, en los que siempre nos va mal. En esta ocasión quiero referirme a un hecho de mucha relevancia en el campo de la literatura, especialmente la contemporánea, pues, además del surgimiento muchas publicaciones y de de nuevas voces, quiero hacer un énfasis especial en la reaparición del escritor Estuardo Prado. Este autor, tras años de silencio presentó una nueva edición de Los amos de la noche, sin lugar a dudas, uno de los textos más importantes de la narrativa centroamericana de los últimos años. Para quienes no conocen la literatura de Prado, mencionaré que marcó una nueva era debido a que sus textos cambiaron la forma tradicional de narrar, de contar historias durante el siglo XX en nuestro país. Comenzando por la manera en que edita sus textos, el papel, la letra, las imágenes y demás. Por otro lado, los temas que aborda; son, en su gran mayoría tabú, los que pueden herir a quienes no estén preparados para enfrentar esta avalancha de creación, ocurrencia, sobre todo con mucho seso. Su importancia radica en la integración de varios géneros, como el cine, la TV, la plástica, el cómic y la literatura, lo que hace leer sus textos fácilmente (cualquiera los puede leer), pero a la vez, están llenos de referencias para un tipo de lector exigente y con muchas referencias. Los amos de la noche está muy por encima de cientos de libros y de películas en que muchos compatriotas gastan su plata y quedan con insatisfacción tras terminarlos. Este es un texto creado en nuestro país, con un estilo, que alguien podría llamarlo contracultural, pero que no tiene nada que envidiar a textos que se publican en NY o en París del canon. No tienen todo el despliegue promocional, ni Prado se ha tenido que ir a España a escribir la gran novela. El texto habla por sí solo. Estoy seguro que los lectores de ND lo disfrutarán. Si me preguntan qué aporta el país a la posmodernidad, diré que literatura. Celebro la aparición de este autor y que su obra perdure.

Nacimiento de la novela negra en Europa

Tomado de navarrolibreria.com



Dejo aquí algunas reflexiones hechas en la primera sesión, que retomaremos y nos servirá para enmarcar la siguiente sesión: el nacimiento de la novela negra europea.

Desde Henning Mankell a Ian Rankin, la novela negra europea bebe de un único origen: Sjöwall y Wahlöö. Con ellos la novela policíaca se erigió en lo que hoy es: la más certera disección de la sociedad contemporánea.

La pareja sueca inauguró la vertiente social de la ficción negra y criminal mirando de reojo a Ed McBain e innovó en el tratamiento psicológico de los personajes y con su riguroso detalle de la investigación policial.

¿Porqué McBain? Con sus múltiples seudónimos –oficialmente primero se llamaba Salvatore Lombino, luego se lo cambió a Evan Hunter–, y sus más de cincuenta novelas del Distrito 87. Porque McBain llevo a la “incipiente” novela negra a un terrero real, la bajó al suelo y comenzó a tratar problemas ciudadanos.

Es interesante, haciendo un inciso, leer, por ejemplo, “Ojo con el sordo” (RBA, 2011), y buscar los paralelismos con Sjöwall y Wahlöo, que no sólo es temática, lo es sobretodo en los personajes.

Si queréis una referencia mas visual, solo tenéis que recordad la gran serie policiaca de los ochenta, “Canción triste de Hill Street”, se dice que esta serie se basó en las novelas de McBain y su comisaría de distrito 87.

Es decir, no es el Sam Spade de Dashell Hammett en “Cosecha roja” o “El halcón maltés”, ni el Philip Marlowe de Chandler de “Adiós muñeca” o “El largo adiós”

Ante todo, Maj Sjöwall (Estocolmo, 1935) y Per Wahlöö (Lund, 1926-Estocolmo, 1975), exigen al lector que se cuestione sobre el mundo en el que vive. La pregunta sigue vigente, apenas ha envejecido. Lo mismo que las diez novelas que firmaron los padres del género negro europeo: un acontecimiento literario de gran magnitud.

Lo mismo que “El hombre del balcón” (RBA), la tercera de la serie de Martin Beck, quizás la que más a fondo permanece insertada en la niebla espesa de la actualidad y que he releído después de muchos años en la nueva edición de RBA. Si Sjöwall y Wahlöö la hubieran escrito ahora mismo, alguien diría que es una novela oportunista, que nace de uno de los dramas más mediáticos de los últimos niños: las desapariciones, secuestros y asesinatos de niños.

Por esa novela vamos a comenzar a reflexionar sobre el género policíaco contemporáneo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Ataques intimidatorios

Intentaré recrear una escena, utilizaré un nombre ficticio, que puede suceder muy cerca de nosotros lo padres y a la cual, considero, debemos prestar atención: Fernandito yace en el suelo llorando. Algunos compañeros acaban de golpearlo, patearlo y escupirlo. Lo llamaron de todo, “indio”, “shumo”, “maricón”. Algunas de sus compañeras se ríen de él, otros pasan sin inmutarse. Al rato, el pequeño se levanta, recoge sus útiles y mientras camina hacia su casa, piensa que la golpiza y los insultos que recibió se debe a que se lo merece. No se lo contará a nadie. Es cierto que las primeras épocas de escuela o colegio son fantásticas, también se pueden convertir en infernales, especialmente cuando un niño (a), como Fernandito sufren acoso, agresión física u hostigamiento de parte de sus compañeros. A eso se le conoce como bullying. Los expertos lo definen como un constante y deliberado maltrato que sufre un pequeño (a) por medio de otros (as) que lo amenazan, arrinconan, lo someten o lo intimidan. No solamente agresor y agredido son los “actores”, también los observadores, quienes, de cierta manera, al no poner intervenir, avalan la acción y se convierten en cómplices. En nuestro país, la descalificación étnica o de clase son muy frecuentes. También las agresiones físicas de los más “fuertes” o los más “armados” hacia los desprotegidos, débiles, inseguros son muy frecuentes. Cualquier ataque físico o verbal, cualquier descalificación hacia un pequeño debe ser castigada y corregida, comenzando por los padres, los maestros y los medios de comunicación. Si Fernandito ha bajado su rendimiento escolar, si ya no quiere ir a estudiar, si perdió de peso, aparece golpeado, está triste, y considera que los ataques se deben a su responsabilidad, seguramente son señales de que algo no está bien. Desde la casa podemos enseñar a nuestros pequeños a no descalificar por el color de la piel, por la marca de la ropa, por donde vive, por la estatura. Mientras cada uno ponga su grano, al final podremos combatir este ataque intimidatorio, como el de Fernandito.