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sábado, 23 de junio de 2012

El relato policial que viene de los márgenes de Europa

POR JAIME PECHEUR

El comisario Adamsberg sabía planchar las camisas; su madre le había enseñado a aplanar la pieza de los hombros y alisar la tela alrededor de los botones.” Con esta presentación, inimaginable en tiempos de Gideon Fell –el protagonista de 23 novelas policiales escritas por John Dickson Carr entre 1933 y 1967–, comienza Un lugar incierto, la penúltima pieza de la saga de este comisario poco menos que delirante, ideada por una arqueozoóloga francesa llamada Frédérique Audoin-Rouzeau, autora de un monumental trabajo sobre la peste negra y otro sobre las osamentas animales de la Edad Media. Allí, en esa revelación doméstica, pero también en el hecho de que la escritora elija, cuando se trata de esta clase de libros, firmar como Fred Vargas, un nombre masculino e hispano –aunque el Fred sea la abreviatura del verdadero Frédérique y Vargas provenga del personaje de Ava Gardner en La condesa descalza–, se encierran algunas claves de lo que, con algo de pretenciosidad podría denominarse “el nuevo policial negro”.




Hay, en el género, ya desde su comienzo, una cierta impronta vergonzante. Los antiguos detectives eran –como quienes los creaban– amateurs. Para unos y para otros, se trataba de un ejercicio intelectual. Sobre todo en los casos del citado Dickson Carr y de Nicholas Blake (seudónimo del poeta Cecil Day Lewis y uno de los grandes maestros del policial inglés) los investigadores no dependían económicamente de la resolución de sus casos. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, creadores, en 1945, de la colección El Séptimo Círculo fueron los introductores de estos dos autores en castellano, más allá de alguna edición suelta en la década de 1930. El número 1 de la serie fue La bestia debe morir, de Blake, y el 2, Los anteojos negros, de Dickson Carr. En esa obra hace su aparición, para los hispanoparlantes, Fell (la primera novela en la que había aparecido, en realidad, era Hag’s Nook, de 1933), alguien presentado como lexicógrafo y de quien lo único que llegaba a conocerse era la pipa y su fenomenal corpulencia, algo que ponía en escena su necesaria inmovilidad. La investigación –y los policiales, podrían agregar sus eruditos creadores– no era cuestión de movimiento sino de inteligencia. Y la parodia Seis problemas para don Isidro Parodi, de Borges y Bioy (quienes también usaron un seudónimo, H. Bustos Domecq), publicada por Sur en 1942, llevaba esta característica hasta un límite. El investigador, un ex peluquero, estaba preso y resolvía sus casos sin moverse de la celda 273 de la Penitenciaría Nacional.

Detectives imperfectos

El llamado policial negro introduce, en particular, dos variantes: el punto de vista del criminal y la profesionalización del investigador. Y en este segundo caso debe habérselas con un problema que aún suele turbar a los autores, obligándolos a meandros narrativos a veces exagerados: el desprestigio, a lo largo del siglo XX, de las fuerzas policiales. La figura del detective privado es, desde la gran trilogía americana –Sam Spade, Philip Marlowe y Lew Archer– una de las soluciones posibles. A veces son ex policías, en permanente enfrentamiento con la corrupción o la burocracia; en ocasiones, simples profesionales, nunca demasiado bien vistos ni por la institución ni por aquellos a los que persiguen; a menudo deben luchar simultáneamente con malhechores y policías (suelen tener un enemigo jurado dentro de la fuerza y, también, algún aliado). Pero, de todas maneras, de estos detectives tampoco se sabía demasiado más allá de que la vida los había endurecido, de que no creían demasiado en nada y de que, para ellos, había pocos desayunos mejores que un buche de bourbon. Faltaba todavía para la última gran moda del género: los imperfectos. Una nueva camada de investigadores que se casan o se divorcian, que tienen problemas de incomunicación con sus hijos (generalmente hijas), que a veces son alcohólicos o dominan a duras penas sus impulsos más violentos, que saben cocinar (y que pueden llegar a ser verdaderos gourmets) y que deben lidiar con una vida cotidiana que está lejos de agotarse en los casos que resuelven. Uno de los subrubros es el de los policías étnicos, encabezados por el precursor Pepe Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán (versión barcelonesa), el comisario Montalbano –llamado así en su homenaje– de Andrea Camilieri (versión siciliana) y el comisario Kostas Járitos, de Petros Markaris (versión ateniense). Se trata, casi, del tercer mundo europeo. Y en el caso de Járitos, se hace presente una detallada descripción del patio de atrás del Mercado Común, que en su última novela, Con el agua al cuello –donde los asesinados son banqueros de los que llegan a “salvar” a Grecia–, alcanza un grado máximo de explicitación. Los tres aman las comidas populares y en todas sus novelas se entremezcla la picaresca, sin llegar al extremo del genial detective sin nombre de Eduardo Mendoza, al que, cada tanto, el Comisario Flores saca del manicomio en el que está internado (en El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y El tocador de señoras) para que lo ayude.
Y dentro de esta pequeña categoría ocupada por los márgenes del viejo continente (y por afuera de las tradicionales Scotland Yard inglesa y Sureté francesa) hay una casilla más chica todavía, cuya pequeñez, sin embargo, no condice con la magnitud de sus ventas: el policial escandinavo. Con un marco de política estrictamente correcta, sin excesos de ninguna índole y con frecuentes reflexiones acerca de la violencia de género, su estrella es Kurt Wallander, el veterano Inspector de la policía de Ystad –localidad cercana a Malmö, en el sur de Suecia–, creado por Henning Mankell. La fugaz Trilogía Millenium de Stieg Larsson, donde la hacker Lisbeth Salander roba protagonsimo al periodista de investigación económica Mikael Blomkvist, fue otro fenomenal éxito nórdico, a pesar de su desprolijidad de escritura y de que la única trama verdaderamente bien construida es la de Los hombres que no amaban a las mujeres, el primer volumen. El furor por los policiales en las nieves ha llevado a editoriales españolas a apuntarse con cuanto apellido con doble diéresis y acento sobre las consonantes se le cruzara por delante, sin demasiado tino ni fortuna.

En el panorama actual, además de la mencionada Fred Vargas (sus novelas son editadas por Siruela) se destacan algunos de los descubrimientos de la serie Roja y Negra, de Random House, que dirige Rodrigo Fresán; en particular, los iniciales Delitos a largo plazo, una novela excelente del inglés Jake Arnott, y El poder del perro, de Don Winslow: una especie de El padrino en clave de narcotráfico mexicano, bastante plana e ingenua en su dibujo del protagonista, pero apasionante en su meticulosa reconstrucción de un entramado delictivo que tiene como mercancía principal los 3.326 km de frontera que México tiene con los Estados Unidos. Y, sobre todo, las sagas (ése es otro de los datos del policial actual) de tres autores que hacen honor a una vieja tradición literaria británica: ninguno de los tres es inglés. Dos son irlandeses, John Banville, travestido como “Benjamin Black”, y John Connolly, que ambienta sus novelas en los Estados Unidos, y el escocés Craig Rusell, que no recurre a seudónimos pero escribe dos series a falta de una y con características casi opuestas entre sí, la del pulcro Inspector Fabel, de la policía de Hamburgo, y la del casi impresentable Lennox, un detective privado canadiense que quedó –o eligió quedar– varado en Glasgow después de la Segunda Guerra Mundial.

Dublín, Belfast y Glasgow, ciudades duras

Benjamin Black ha escrito cuatro novelas que tienen como protagonista al patólogo Garrett Quirke, un huérfano à la Dickens criado en su primera infancia por los curas y luego en el seno de la alta burguesía, que describe con igual justeza ambos mundos y que actúa en una oscura Dublín de posguerra. El secreto de Christine, El otro nombre de Laura, En busca de April y Muerte en Verano (las dos mejores son la primera y la cuarta), a las que se agrega El lémur –una novela sin Quirke– fueron traducidas y publicadas por Alfaguara.

Las dos series de Craig Rusell, sumamente bien escritas, recorren dos extremos de la novela negra. En un caso se trata de un oficial dentro de una policía científica y ultraespecializada y en el otro de alguien capaz de frases como “hay dos cosas que a Glasgow le salen bien: la lluvia y el humo”. Uno, Fabel, es metódico y ordenado pero los males del mundo no lo dejan indemne –e incluso pueden volver literalmente loca a una de sus colaboradoras inmediatas–; el otro, Lennox, es, en la mejor tradición de Marlowe, un cínico extremo en el medio de la ciudad más sórdida que pueda imaginarse. La Serie Fabel incluye los volúmenes Muerte en Hamburgo, Cuento de muerte, Resurrección, El señor del carnaval y La venganza de la valquiria, editados por Roca pero de muy difícil obtención en la Argentina, y A Fear of Dark Water, aún no publicado en castellano. Las novelas de Lennox son Lennox, El beso de Glasgow (las dos únicas editadas en español, también por Roca), The Deep Dark Sleep y Dead Men and Broken Hearts.

Por último, pero lejos del último lugar en importancia, Connolly ha logrado la exacta mezcla entre el policial y el terror, con asesinos seriales habitados por la maldad más pura y un detective que lleva el nombre de un saxofonista de jazz, Charlie Parker, y al que como a él llaman Bird aunque sólo escucha música country, que podría ser un ángel caído y al que secunda un dúo perfecto: la pareja gay formada por el elegantísimo Louis, un implacable asesino negro, y Angel, un ladrón blanco que se destaca por el mal gusto para vestirse. Parker es ex policía. En el comienzo mismo de la saga su mujer y su hija son asesinadas. Y a lo largo de sus novelas, que ya en el segundo volumen se desplazan de Nueva York a Maine –uno de los homenajes, no el único, a Stephen King–, se intuye que de lo que se trata no es de la clarificación de casos aislados sino de una lucha de proporciones mucho más amplias. Con escapadas hacia la historia de Louis en el Sur profundo y de los propios padres de Parker, la serie incluye nueve novelas traducidas y publicadas por Tusquets (Todo lo que muere, El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco, El ángel negro, Los atormentados, Los hombres de la guadaña, Los amantes y Voces que susurran), dos aún no editadas en castellano (The Burning Soul, de 2011, y The Wrath of Angels, de 2012) y una nouvelle que Tusquets no distribuyó en la Argentina, Más allá del espejo, donde aparece el personaje de El Coleccionista, central en varios de los últimos volúmenes, y que se sitúa cronológicamente entre el cuarto y el quinto de la serie.

viernes, 1 de junio de 2012

Finalistas de los Premios Literarios de Semana Negra 2012

Hammett

• Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás (España). Roca

• Un jamón calibre 45, de Carlos Salem (Argentina). RBA…

• Kryptonita, de Leonardo Oyola (Argentina). Random House Mondadori Argentina.

• Norte, de Edmundo Paz Soldán (Bolivia). Mondadori

Silverio Cañada

• Que de lejos parecen moscas, de Kike Ferrari (Argentina). Amargord

• Narcolepsia, de Jordi Ledesma (España). Alrevés

• El país de los ciegos, de Claudio Cerdán (España). Ilarión

• 36 toneladas, Iris García Cuevas (México). Ediciones B – México

Celsius

• Diástole, de Emilio Bueso (España). Salto de página

• Antirresurrección, de Biedma (España). Dolmen

• 2022 La Guerra del Gallo, de Juan Guinot (Argentina). Alrevés

• El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrún (España). Salto de Página

Walsh

• Levantones, Narcofosas y falsos positivos, de José Reveles (México) Grijalbo Mondadori – México.

• Un maestro, de Guillermo Saccomanno (Argentina). Planeta – Argentina

• La frontera del narco, de Sanjuana Martínez (México). Temas de hoy – México

• El oro negro de la muerte, de Xavier Montanyà (España). Icaria

Espartaco

• Caminarás con el sol, de Alfonso Mateo-Sagasta (España). Grijalbo.

• El lector de cadáveres, de Antonio Garrido (España). Espasa-Calpe

• El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón (España). Seix Barral

• Disparos en la oscuridad, de Fabrizio Mejía Madrid (México). Suma

lunes, 7 de mayo de 2012

¿Negra o policial?

Tomado de: El proyecto Black Mask


Muchos lectores cultivan una interesante confusión entre literatura negra y literatura policial. La confusión quizás provenga del nombre de la revista que divulgó con más éxito esos contenidos y de que, al menos en sus dos primeros años, convivieron en sus páginas relatos policiales con relatos en los que se mezclaban erotismo, perversión, maldad y violencia. Como todas esas historias se encontraban en Black Mask (y las que no se encontraban, remedaban el estilo de esa revista), pues a todas se les llamó «negras».

Esta explicación es tan simple como convincente. Sin embargo, sería útil sospechar que las razones para que exista semejante confusión tengan raíces más profundas.

Tanto los relatos policiales como las historias de amor, aventuras y misterio que se publicaban en los primeros años de Black Mask, compartían algo que las hacía únicas: todas trataban sobre asuntos que estaban fuera de los bordes permitidos por la sociedad de los años veinte; todas contenían detalles que podían tildarse de pornográficos, grotescos, desmesurados y violentos. No obstante, aunque muchos de esos adjetivos estuvieran bien aplicados, esos relatos tenían un trasfondo social muy fuerte, un trasfondo de denuncia, de divulgación de aquello que no se difundía por otros canales más expuestos a la opinión pública. ¿Dónde se hablaba sobre ciertos temas prohibidos por «la moral y las buenas costumbres», digamos sobre sexo o sobre drogas o sobre el mundo de los extorsionadores y de los traficantes? Pues en la literatura… Y no precisamente en la literatura que se consideraba seria.

Ésa es la médula del asunto: la literatura negra trata sobre los que dejan que la vida se les salga de los rieles, sobre los que no saben (o no pueden) manejar su relación con el entorno que los rodea, sobre los que no encajan en el mundo en el que viven, sobre los que quieren o necesitan más de lo que pueden obtener, sobre los arrinconados por las circunstancias y apelan a las acciones más locas y desesperadas, sobre los que no saben mantener el equilibrio entre sus apetitos y los de los demás, sobre los perversos que no dudan en convertirse en parásitos del prójimo, sobre los que dañan, matan, roban, violan y descuadernan a los demás.

En ese sentido, la literatura policial, con sus detectives mal encarados y sus investigaciones para develar a los responsables de los crímenes más variados, podría considerarse como una de las tantas y posibles ramificaciones de la literatura negra, de esa literatura que habla sobre la cara menos amable de los seres humanos que viven, muchas veces hacinados, en las grandes ciudades, tratando de sobrevivir al caos económico y a un mundo en el que prosperan todas las formas posibles de corrupción.

Sea cual sea la razón que hace que algunos lectores no discriminen entre literatura negra y literatura policial, lo cierto es que la formación de ambos géneros va unida a la creación de un buen número de publicaciones entre las que destaca Black Mask.

Como fenómeno de la cultura popular, como punto de encuentro de grandes escritores, esta publicación marcó un hito no sólo entre las revistas de su clase, sino en la literatura norteamericana en general. Para muestra, obsérvese que las pautas de estilo que aún se replican en cada cuento, en cada novela y en cada película del género negro, son las mismas que alguna vez esbozaron los editores de Black Mask.

Una revista exitosa en la que se cuece un nuevo tipo de literatura escrita en un lenguaje parco y directo que cuenta historias que atrajeron y siguen atrayendo al gran público, no puede ser un fenómeno frívolo del que se hable a la ligera. Por eso le dedicamos estas líneas y seguimos leyendo, admirados, a los grandes maestros del género.

Los orígenes

Los escritores Henry Louis Mencken y George Jean Nathan deseaban financiar una revista de crítica literaria llamada Smart Set. Para lograr ese objetivo, Mencken y Nathan produjeron Saucy Stories, una publicación barata llena de imágenes y textos eróticos de la que extrajeron buenos ingresos para continuar con cierta holgura su proyecto literario. No obstante el moderado éxito, los editores pensaron que obtendrían mayores beneficios si diversificaban los contenidos de la publicación que les generaba mayores ganancias. Fue así como Mencken y Nathan fundaron, en 1920, Black Mask.

En cada número se publicaban cinco historias: una de gángsters, una de aventuras, una de misterio y dos de amor. Al igual que otras revistas semejantes (Parissiene, Weird Tales, la propia Saucy Stories, entre muchas otras), Black Mask se imprimía en un papel de muy baja calidad, lo que hizo que a este tipo de publicaciones se le llamara «pulp magazines» y al tipo de historias que llevaban sus páginas se le llamara tal cual: «pulp fiction» o, si se nos permite la intromisión (sobre todo después de Quentin Tarantino), «ficción cruda», ficción impresa en un papel basto y barato.

La característica principal de los relatos que se publicaban en esta primera época de Black Mask era la presencia de personajes desaforados cuyas peripecias violentas, eróticas y, en algunos casos, grotescas, mostraban una cara distinta de la moralidad severa que se exponía en la literatura y en el arte de su tiempo.

Nuevos dueños, nuevo editor

Menken y Nathan financiaron ocho números de Black Mask y la vendieron. En 1926, sus nuevos dueños, Eltinge Warner y Eugene Crow, nombraron a Joseph Shaw como editor y pronto se dieron cuenta de que habían tomado la decisión acertada porque lo primero que hizo Shaw fue analizar el producto y proponer unos cuantos cambios que, a la postre, serían cruciales no sólo para la revista como negocio, sino como espacio editorial que aglutinaba el trabajo de un extraordinario grupo de escritores.

La primera decisión que tomó Shaw fue sugerir la eliminación de las historias que no tuvieran que ver con el tema policial. La razón era muy sencilla. Entre el material que se publicaba, el mejor trabajado, el mejor escrito y el que despertaba mayor interés entre los lectores, era el dedicado a los gángsters y a los detectives. Claro, ¿cómo no iba a ser de ese modo, si los autores de esos relatos eran Samuel Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Erle Stanley Gardner y Carroll John Daly?

Shaw tuvo el tino de ver gran literatura donde otros veían sólo la ficción cruda típica de las revistas impresas en el papel más barato de su época. Por eso decidió concentrar todas las energías de la empresa en promover el tipo de escritura que sus autores más talentosos cultivaban.

Quizás el principal aporte de Joseph Shaw a este tipo de literatura fuera la redefinición de la figura del detective. Hasta 1923, la figura del detective de Black Mask estuvo inspirada en la elegante asepsia de los detectives de la literatura inglesa, en la eficiencia discreta de los miembros de la Agencia Pinkerton y en la rigidez de los efectivos de Scotland Yard. En 1923 Carroll John Daly publica «Three Gun Terry», un largo relato donde aparece Terry Mack, el primer detective rudo y malhablado que aparece en esa revista y que sería modelo para otros que aparecerían con posterioridad y que, llevados al extremo, crearían el subgénero del hard boiled, un tipo de relatos de una violencia extrema.

Joseph Shaw se dio cuenta del encanto que tenía esa clase de personajes y de la necesidad de héroes que tenía la sociedad norteamericana. Recordemos que los años veinte fueron difíciles para los Estados Unidos, que era una época de posguerra, que había una crisis financiera en ciernes, que la corrupción campeaba, que gángsters como Al Capone, Lucky Luciano y Frank Costello, crearon organizaciones criminales que burlaban las leyes antinarcóticos, que contrabandeaban alcohol, se dedicaban al tráfico de armas, a la prostitución, al juego ilegal y a cuanto produjera dinero fácil y rápido.

Shaw detectó que una buena parte del público veía con desconfianza a las instituciones públicas encargadas de impartir justicia. Por eso estimuló la creación del personaje que ejercía el oficio de detective privado, que no era policía ni juez ni fiscal y que podía moverse con libertad entre lo legal y lo ilegal para enfrentar a los mafiosos en su ley, en ese mundo paralelo del crimen lleno de matones embutidos en trajes hechos a la medida y de maletines repletos de billetes.

Moral y balas

En el estímulo que Shaw le brindó a la creación de personajes emblemáticos de este tipo de literatura (valga decir el Philip Marlowe de Raymond Chandler o el Sam Spade, de Samuel Dashiell Hammett), se percibe el deseo de hacer de la revista y de esos relatos una declaratoria moral en contra del proceso de corrosión de la sociedad que produjo la acción cada vez más abierta y desvergonzada de las distintas organizaciones criminales que prosperaron en esa época. A eso habría que añadir los editoriales que aparecían en cada número y que el propio Joseph Shaw firmaba. En ellos se hablaba de la importancia de luchar contra el crimen, de la conciencia que cada ciudadano debía tener de sus deberes y derechos y de cómo las historias contenidas en ese número podían servir para enseñarle al público cómo era (y sigue siendo) el submundo criminal.

A muchos les resulta extraño que una revista como Black Mask tuviera una preocupación moral tan acentuada. Quizás no les cuadre esa inquietud con el tipo de historias que publicaba, llenas de ladrones, asesinos, alcohólicos, traficantes y demás modelos de mal comportamiento cívico. Al final, el problema no es la presentación descarnada del crimen ni el mal ejemplo que muchos moralistas falsos le enrostran a este tipo de literatura; es algo mucho más complejo que tiene que ver con las preguntas que se hace un grupo de editores, escritores y artistas en torno a la creación de héroes y modelos literarios que, en el fondo, tratan de poner en palabras las preguntas que se hace toda una sociedad sobre cómo combatir el mal que la corroe.

Al igual que en los años veinte, hoy vivimos tiempos difíciles. No hace falta dar ejemplos ni detalles porque todos tenemos nuestra propia experiencia de lo que la expresión «tiempos difíciles» significa. Por eso vale la pena reflexionar sobre un tipo de literatura que no sólo refleja la clase de depravaciones que germina en las épocas duras que les toca vivir a todas las sociedades, sino que plantea soluciones en las que la moral se impone así sea a golpes.

Luchar contra el mal en la vida diaria no es ni será fotogénico, pero en la ficción todo es posible. De eso trató el proyecto Black Mask hasta que, en 1951, cerró sus puertas.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Bares de novela negra

Bares de novela negra: Julián Ibáñez en Giley POSTED BY MONTSE CLAVÉ ⋅ FEBRERO 29, 2012 ARCHIVADO BAJO GILEY, JULIÁN IBÁÑEZ, LA MANCHA, NOVELA NEGRA Los protagonistas de las novelas de Julián Ibáñez (Santander, 1940) son tipos solitarios. No tienen amigos ni perrito que les ladre. Los otros personajes que les rodean, están allí, pero casi no se rozan con ellos. En las novelas de Julián Ibáñez, lo que menos importa es el argumento o la intriga. Los diálogos, los personajes, las situaciones, la atmósfera, es lo que las hace adictivas. A Julián Ibáñez le gusta recrearse en el ambiente de los bares y en los bares “de ambiente”. Los extractos que siguen son de su novela Giley. Los bares de esta novela están situados en Puertollano y alrededores, pero bares, bares de copas, bares cutres, desangelados, sin encanto, con chicas de alterne, vacíos, o con pocos parroquianos, podemos encontrar en toda su obra. Es un autor idóneo para esta sección: Bares de novela negra. (…) Giro a la derecha y entro en La Estrella. Un minuto para la una y media. Atrae mi atención, como a unos cien metros, casi al final de la calle, el rótulo del Aurelio todavía encendido. Es un letrero de letras azules, picudas, no demasiado grandes, tiene carácter, quiero decir que encendido o apagado llama la atención. A esta hora, quizás un poco antes, es aquí, o en El Charro, donde para Caballo. Puedo echar el último trago con él y contarle parte de mi historia, quizá tenga alguna información para mi. Aparco en el primer hueco que encuentro, a treinta metros de la puerta.” …………. (…) Todavía no han aparecido. Es probable que no se presenten, suele suceder, cuando llega la hora lo piensan mejor y se echan atrás. Es aquí, en La Pesga, donde Caballo me ha dicho que tengo que esperar. Él se encuentra ahí, al fondo, sentado en una silla con el brazo sobre el respaldo y los ojos puestos en la televisión. Creo que es la primera vez que le veo sentado.” …………………………. (…) El Embajada no es un tugurio como el Alameda, o el Mañas. Es un bar de copas, no de alterne, con cierta clase, sus clientes son profesionales de mediana edad, matrimonios que los fines de semana salen a tomar una copa, trabaja bien los viernes y sábados por la noche. Moqueta azul océano en toda la planta superior; barra acolchada, de badana negra con grandes botones de nácar; paredes tapizadas de un tejido como terciopelo azul de medio tono; y una buena dotación de apliques de latón en las paredes.” ……………………….. (…) Domingo. Turno de mañana. Son las nueve y cinco cuando le digo a Cecilio que salgo a desayunar. Cruzo la calle y entro en El Montero. Atienden la barra dos chicos, sólo conozco a uno de ellos, no mucho, se llama Alberto, su aire es decidido. Hay cuatro clientes. Pido un café y un bollo cualquiera. Los otros parroquianos hablan pero no presto atención a lo que dicen. No pienso en nada. Acabo de tomar el primer sorbo cuando veo cruzar la calle un Renault de la Guardia Civil, hacia El Villar, hacia el río. Es raro verles cruzar el pueblo, vendrán de Castillete y para eso tienen la circunvalación. Los cuatro parroquianos y los dos chicos han vuelto también la mirada hacia la calle. Uno de los parroquianos, levantando la voz para hacerse notar, dice que han encontrado el cuerpo de una mujer en el río. Entonces todos vuelven fugazmente la mirada hacia mí, no les conozco pero saben que soy policía, me han visto cruzar la calle desde la comisaría.” …… (…) El América ya ha cerrado las puertas y bajado el toldo por el calor. Aparco y entro. Caballo no está. Sólo hay una docena de clientes. Uno de ellos es Baltasar, el patrón del Boom Boom, en Almodóvar, toma un bocado en la barra. Junto al plato hay un cenicero con un puro sin encender. Le acompaña un tipo joven, fornido, una pequeña esvástica plateada cuelga del lóbulo de su oreja derecha. Al pasar a su lado, Baltasar me pregunta si la gente se porta y yo no respondo porque no le conozco lo suficiente como para que me haga esta pregunta.” ……………… (…) Hay tres barras. La principal, de unos cinco o seis metros, se encuentra enfrente de la entrada, las otras dos, de unos tres metros, están a derecha e izquierda. Son de madera de un tono marrón oscuro brillante, con un grueso apoyabrazos de cuero escarlata. Hay unas veinte banquetas fijas, de la misma madera brillante, con acolchado escarlata y respaldo. Entre la puerta y la barra de la derecha el decorador ha colocado una mesita baja con dos pequeños sillones de cuero marrón claro, con cojines verde alfalfa con botellitas bordadas amarillas y rojas. La barra principal está atendida por cuatro chicas. Las otras, por dos chicas cada una. Ninguna tiene más de veinticinco años, ni pesa más de cincuenta kilos. La que ocupa el centro de la barra principal es muy negra, muy alta, muy delgada, con sus gruesos labios pintados del mismo tono nazareno de la uñas de los pies de Daniela. Lleva puesta una camiseta holgada rojo sangre con una especie de dragón verde estampado; se le marcan los pezones, que tienen el tamaño de los botones de un ascensor o de un portero automático. Las otras chicas son de piel muy blanca; dos de ellas tienen el cabello dorado, una lo lleva recogido en una trenza que debe de llegarle a la rabadilla; el pelo de la otra, la de la barra de la derecha, es moreno. Las rubias tienen pómulos eslavos. Se reparten en las banquetas una docena de clientes que encajan con el decorado y los coches del aparcamiento: profesionales de mediana edad, tipos entre los cuarenta y los cincuenta, ejecutivos o profesionales preguntándose apesadumbrados por qué cambiaron la batería del conjunto de rock por los libros. Nadie ha vuelto la mirada.”

jueves, 16 de febrero de 2012

Nilños asesinos que conmocionaron con sus atrocidades

Tomado de www.abc.es Más allá de novelas como «La virgen de los sicarios» (1994), de Fernando Vallejo, o películas como «¿Quién puede matar a un niño?» (1976), de Narciso Ibáñez serrador, la vida real está plagada de casos de menores de edad que se convirtieron en precoces asesinos. La última, la joven Alyssa Bustamante, que a sus 18 años acaba de ser condenada a cadena perpetua en el estado de Missouri (Estados Unidos) por matar, cuando sólo tenía 15 años, a su compañera de juegos. En el juicio, Bustamente declaró que la experiencia había sido «increíble» y «muy agradable». ABC .Alyssa Bustamante, durante el juicio por asesinatoEn la historia tenemos casos que se hicieron mundialmente famosos por lo escabroso de sus detalles, como, por ejemplo, «Petiso orejudo», un muchacho argentino llamado Cayetano Santos Godino que, a principios del siglo XX, comenzó a matar a otros niños a la temprana edad de 7 años; o Mary Bell, otra niña inglesa que, en 1968, a la edad de 10 años y después de una vida de sufrimiento y torturas por parte de una madre prostituta, llegó a matar a dos niños. Cuando declaró en la comisaría aseguró haber disfrutado con ambos asesinatos. Sin llegar a los niveles de México, donde en los últimos cinco años han sido detenidos más de 11.000 menores por asesinato, España no escapa a esta precocidad homicida, que en los últimas dos décadas ha visto como cerca de una veintena de niños han saltado a la primer plana de los periódicos por acabar con la vida de otras personas, mostrando una frialdad absoluta y una ausencia de remordimientos absolutamente escalofriantes. Estos han sido algunos de los casos más sonados: - «El Nano», de 13 años, estranguló a su amigó Juan José, de 10, cerca del barrio marginal de El Cruce, junto a la M-30, el 9 de agosto de 1992. El pequeño asesino, que tardó un año en confesar a la Policía su crimen, aún tuvo el valor de enterrar el cadáver de «El niño del cruce», como se conocería en la prensa a la víctima. ¿La causa? «Me había insultado», declaró. - Antonio Molina tenía 14 años cuando, en un ataque de celos, decidió poner punto y final a la vida de su hermanastra, Nerea. La arrojó por una tubería de distribución de aguas de una casa-cueva de Cenes de la Vega (Granada), según confesó al día siguiente, el 18 de mayo de 1994. La niña murió asfixiada. Pririficación, la madre de Antonio, que hacía cinco meses que no veía a su hijo tras la separación de su marido, aseguró que el niño era maltratado en ocasiones por su padre. - Enrique Cornejo y Antonio Aguilar violaron y apuñalaron a Antonio, un niño de 11 años que vivía en Jaén, con un machete y un cuchillo que fueron más tarde hallados en el domicilio de Conerjo, conocido como «El Tomate». Cuando cometieron el crimen, el 31 de octubre de 1998, Antonio y Enrique tan sólo contaban con 16 años de edad. - José Rabadán pasó a la historia como «El asesino de la katana», después de que el 1 de abril de 2000, cuando tenía 16 años, matara a sus padres y a su hermana –de 12 años y con síndrome de Down– con una espada samurái en Murcia. «Quería estar solo», fue la sencilla explicación que dio a la Policía. Después aseguró que su «hermana está en el cielo, ya no tiene que sufrir» y por último se preguntó, confuso: «¿La muerte de mis padres? Son muchas cosas juntas...». Cuatro años después, era puesto en libertad vigilada por el juez. - Raquel e Iria, de 17 y 16 años respectivamente, le asestaron 24 puñaladas y prácticamente degollaron a Clara, una compañera de su instituto en San Fernando (Cádiz), el 27 de mayo de 2000. Clara era una chica normal, de clase media, y, segun confesaron en el interrogatorio Raquel e Iria, mataron a su amiga, que jugaba al rol con ellas, para poder seguir jugando. Raquel, que empuñó el arma mientras Iria sujetaba a Clara y le tapaba los ojos, declaró en el juicio que «tenía la necesidad de matar». Después, escondieron el arma y se fueron de copas con los amigos. Cuando fueron detenidas, relataron el crimen en el interrogatorio con total tranquilidad, sin mostrar emoción alguna. Para más casualidades, la víctima, según contaba ABC, se carteaba con «El asesino de la katana». - Narima, de 17 años, y Miriam y Esther, de 16, fueron detenidas por el asesinato de un repartidor de bocadillos de 27 años, el 4 de octubre de 2001. Las tres adolescentes colocaron un cable de un lado a otro de la carretera en la barriada Juan Carlos I de Ceuta. Enrique, el repartidor, murió degollado al pasar con la moto. Según confesaron, el crimen fue cometido como venganza contra el novio de uno de ellas, que había roto la relación sentimental que mantenía. - El asesinato de Sandra Palo, la joven de 22 años con una minusvalía psíquica que fue violada, atropellada y quemada viva en Getafe por tres menores el 17 de mayo de 2003, es uno de los casos más famosos. «El Rafita» tenía 14 años cuando cometió el brutal asesinato y, debido a la Ley del Menor, ahora se encuentra el libertad, mientras es detenido una y otra vez por otros delitos. - María Dolores murió degollada a los 14 años en un descampado de Ripollet (Barcelona), el 1 de noviembre de 2008. Los presuntos asesinos fueron dos menores de edad, compañeros del instituto, que cursaban segundo de la ESO, molestos porque la joven había grabado los besos que se había dado con Sergio, el presunto homicida, y con novia, y los había colgado en internet.

jueves, 19 de enero de 2012

La portada más famosa en EUA

Tomado de http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/01/la-cubierta-mas-famosa-de-la-literatura-americana.html En 1981 Matthew J. Bruccoli escribió en Some Sort of Epic Grandeur, su biografía de Francis Scott Fitzgerald:
“[El gran Gatsby] es la sobrecubierta más valiosa de la novela moderna americana. Los coleccionistas han elevado hasta los 100.000 dólares el precio de un ejemplar de la primera edición con la sobrecubierta en excelentes condiciones, mucho más de lo que a Fitzgerald le reportó la novela en vida”. Y mucho más de lo que le reportó a su misterioso autor: el español Francis Cugat, hermano mayor del músico Xavier Cugat. Sus datos biográficos son escasos: nació en España en 1893, pero se crió en Cuba. Durante los años veinte trabajó como ilustrador, en 1942 una galería de Nueva York organizó una exposición de su obra gráfica, y posteriormente se trasladó a Hollywood, donde trabajó como consultor técnico en 69 películas. Cugat recibió el encargo en 1924, cuando Fitzgerald aún no había terminado la novela. Y al escritor le gustó tanto el diseño propuesto por el español –que bautizaría como Celestial eyes y que en la actualidad forma parte de los fondos de la Princeton University Library– que, anticipando que no cumpliría los plazos previstos, le pidió a su editor que no utilizase esa sobrecubierta para otro de sus autores. “Por el amor de Dios, no le des a nadie esa cubierta que estás reservando para mí. Ya forma parte del libro. He escrito a partir de ella”. El editor, Maxwell Perkins, lo tranquilizó: "No temas. No hay ninguna posibilidad de que se la ceda a otro escritor. Ojalá llegase el manuscrito del libro, no me cabe duda de que será un exponente de la mejor novela americana". Desde el primer momento Fitzgerald tuvo claro que Cugat había creado una “obra maestra”, y el tiempo parece haberle dado la razón.